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Que te quemes

Entonces necesito una lluvia y un cable largo blanco y fuego para reventar los postes y cantar en el agua la oda póstuma y que te quemes y que me queme y que nos entierren en la orilla de los supuestos cantando todos los coros de "you are so beautiful to me" pero con Sol y con caminos de lavanda y ninguna certeza si al fin certezas nadie tiene y amor verdadero quién podría asegurarlo.
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Las tetas y la siesta

Hay una cierta inocencia en el andar de a pié en la siesta, bajo los paraísos. Existe una baba de olvido inherente a los pasos, el silencio de los espacios inhabitados que propone el horario. La compañía templada de nadie a los costados, la soledad fresca de la inseguridad, asociada al vacío de cuerpos reptando en los márgenes menores del otoño. Hay una absoluta importancia de los Nadies que se unen al trámite del camino. Nadies que configuran el paseo, Nadies que se paran, firmes en cada esquina, para insistir con la hora, el destino, el que será. Eso sí, los Nadies sólo habitan el pasado. El pasado inmediato, nuevo, inodoro. En general, el pasado huele. Huele a flores de perfumes antiguamente de moda. A telas de vestidos arrancados a manotazos. A aliento de rechazos. Huele a bofetadas de mañanas reventadas contra el asfalto de una borrachera injustificada, y a decenas de borracheras con cartel de "completo", como los hoteles con parejas que se aprietan los dedos de los pie...

Sun Day

 Es casi un vicio esperar la noche saberte ajena pensarte con otros volverte a traer intentar quemarte en los papeles y volver morderte como carne fresca expulsarte de mi paraiso de musas romper tus cuadros de pasto y cenizas que llevo adheridos a los huesos lamer las aristas que te conectan con mi futuro y patearte y volver e intentar razonar cómo carajos es que me enamoré tan perdidamente de usted o de vos de todas vos / la mía la que rie lejanamente sin mi la que no me pertenece y me pertenece la que voy a dejar de amar para amar a quienquiera que sea un poco más de mar de viento / de piernas / de proximidad de hongos húmedos en mis gordas ansias de vos / de usted tanto me pierden sus ojos / tras ojos que me declaro en una misión interestelar llena de sus pechos / sus botones impasibles que tanto me pierden y del futuro ni una gota / ni un animarse y se viene Costa Rica / y sólo se que me asfixia dejarte y quiero dejarte / merezco tener mi suelo asoleado pero te merezco sobre to...

Springhere

 En la esfera de mi planeta cuadrado hay un secreto vehemente que contiene cada poro de tu sexo explotando jugoso y perverso animado y sutil ¿Lo ves? dice mi nombre los viernes el tuyo los sábados y me tapa con vergüenza los domingos / antes de regresar a escribir mi nombre en un papel de servilleta barato que partirá en el primer flush del tren que esconde el amor en las tardías uvas del verano de las pequeñas tortugas donde hoy montas y desmontas los embates / inútiles cegados / amantes de este tipo locamente perdido en tu será.

El beso que duró dos días

Nota : Esta es una historia que nace en la Calle Billinghurst. 1er Acto: El teatro Fui al teatro de puro compromiso. Odio sacar entradas y luego no ir. No podía tirar la plata y además me sentía casi bien. Entré a cinco minutos de que empiece la función, fui a la fila 19 y ella se sentó al lado mío. Esas pestañas, esas manos, ese cuerpo. Atenta a todo. A todos. Me desafía la deconstrucción pero hay tetas que se sobreponen a eso. En ese momento recuerdo que no voy al baño desde antes de salir de la casa. Como siempre, me meo. Pero decido no ir, ya habrá tiempo. - Hola, ¿este programa es tuyo? - Le dije mientras levantaba el papel del piso donde figuraba mal impreso el elenco y el resto de la información. - Si, ¡gracias! Lo perdí... -Vi que se te cayó, por eso... - ¿Debería darte propina? - Soltó una sonrisa que me pegó una trompada de felicidad. Pero no supe ni siquiera cómo sonreír. Hace tiempo no sé ni por dónde empezar. El viejo modo de hablar con una mujer no me sale, el nuevo no lo...

La banda sonora de las cero horas

Apenas las once y cincuenta y nueve de la noche en el departamento de Avenida Santa Fe. Humedad como para pegar las hojas de un libro sin mucho esfuerzo. Las manos nunca se sienten secas. Cero horas. Los sonidos de la noche empiezan a reverberar como en un sótano. Una gota tras otra gota tras otra gota así, en serie, sobre la chapa del aire acondicionado en la ventana de mi habitación. Las manos sobre los tambores de una comparsa que despide el carnaval. Frenéticos con la despedida. Imagino el vapor de las bocas y la transpiración sobre los parches. Con aliento a tres días de carnaval, se oye a las gargantas de la murga raspando sus últimas cuerdas. La intermitencia del motor de la heladera. Metrónomo antibacterial. Un chispazo del encendido eléctrico de la cocina que falla hace días y que declaró su independencia. Sigo pensando que algún espectro intenta encenderla para que todo explote. Otra gota sobre la chapa del aire y Avenida Santa Fe en la noche. Con su ruido de panza de colecti...

Un puente de escape

Salté con las manos atadas. Por decisión propia. Tenía que dar con la cara en el piso según lo calculado. Los primeros dos segundos pensé en darme vuelta y que sea con la espalda. Pero no tenía sentido, me quedaban cuatro segundos de caída y no podía dudar en ese momento. Me acomodé. Disfruté como nunca el aire, la frescura, eso de saber que no había ya retorno. Levante la cabeza e intenté dejar la cara de frente al piso. Me ahogué, fuerte. Creí que ahí mismo terminaba. Tres segundos. Esa tarde con los pies en el agua, las manos en las rodillas. Los peces picando los tobillos. El río calmo. La sombra del sauce. Mamá y los bizcochitos de anís. La malla azul enteriza. Me tiró un poco el cuello, no sé por que hacía tanta fuerza. No necesitaba fuerza ni rigidez ahora. Era un papel. Una gelatina. Una escupida. Papá llevándome en el auto a jugar al hockey. La gorra de gabardina color gris. El pucho en la mano, sus Phillip caja de papel abiertos con las uñas en una orilla donde asomaban cuatr...