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Irse

Partir la fruta
Rasgar el velo
Cortar la pierna
Meter el dedo
Enfriar las nalgas
y nafta al fuego
Piedras en la cancha
Piñas en el juego
Poros ahogados
Lunas sin vuelos
Aviones y agujeros
Niños camuflados
Vidas sin tinteros
Camas con helados
Osos en incendios
Veneno mal servido
Espera o silencio
Quiebran caminitos
Bondis con tormentos
Lluvia ensangrentada
Pasos sin acierto
Sillas enyesadas
Al lado de un no-teléfono
Manos enraizadas
a biromes rompevientos
Lengua seca
Lengua muerta
Ahogo de tu aliento
Manos aceitadas
Manos sin los huesos
Miércoles malditos
Viernes de intento
Nadies que te invitan
Álguienes con sus cuerpos
Lejos se cocinan
Cuentos muy bien cuentos
Espero que te espero
Espero porque es cierto
Que te quiero / te muero / te enpielo
te entinto / te enjugo
me muestro / contigo
me cuezo / adentro

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Salvate

Salvarse no tiene valor ni es un destino preferible a la condena / como - hoy - no lo es el paraíso por sobre el infierno ni tus palabras ante tus silencios / Salvarse - a veces - es un somnífero que la condena va a reventar  con patadas de vigilia alternándose el mando entre ojos abiertos y sueños tormenta / acordando treguas y - por momentos - confundiéndose de manera tan blanda jugosa indigna entre ellos que los sueños  diluirán la vigilia y las tormentas anidarán  en el pecho  supurando en los huecos inertes del recuerdo una nueva substancia llamada indulgencia / tan cómoda y portátil como un rosario una biblia la mala memoria  o el miedo  a amar //

Las tetas y la siesta

Hay una cierta inocencia en el andar de a pié en la siesta, bajo los paraísos. Existe una baba de olvido inherente a los pasos, el silencio de los espacios inhabitados que propone el horario. La compañía templada de nadie a los costados, la soledad fresca de la inseguridad, asociada al vacío de cuerpos reptando en los márgenes menores del otoño. Hay una absoluta importancia de los Nadies que se unen al trámite del camino. Nadies que configuran el paseo, Nadies que se paran, firmes en cada esquina, para insistir con la hora, el destino, el que será. Eso sí, los Nadies sólo habitan el pasado. El pasado inmediato, nuevo, inodoro. En general, el pasado huele. Huele a flores de perfumes antiguamente de moda. A telas de vestidos arrancados a manotazos. A aliento de rechazos. Huele a bofetadas de mañanas reventadas contra el asfalto de una borrachera injustificada, y a decenas de borracheras con cartel de "completo", como los hoteles con parejas que se aprietan los dedos de los pie...