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Las tetas y la siesta

Hay una cierta inocencia en el andar de a pié en la siesta, bajo los paraísos. Existe una baba de olvido inherente a los pasos, el silencio de los espacios inhabitados que propone el horario. La compañía templada de nadie a los costados, la soledad fresca de la inseguridad, asociada al vacío de cuerpos reptando en los márgenes menores del otoño.
Hay una absoluta importancia de los Nadies que se unen al trámite del camino.
Nadies que configuran el paseo, Nadies que se paran, firmes en cada esquina, para insistir con la hora, el destino, el que será. Eso sí, los Nadies sólo habitan el pasado. El pasado inmediato, nuevo, inodoro.
En general, el pasado huele. Huele a flores de perfumes antiguamente de moda. A telas de vestidos arrancados a manotazos. A aliento de rechazos. Huele a bofetadas de mañanas reventadas contra el asfalto de una borrachera injustificada, y a decenas de borracheras con cartel de "completo", como los hoteles con parejas que se aprietan los dedos de los pies con las manos del "no me olvidarás", tan clásico de los pueblos y las ciudades donde los amantes temen perderse. Perderse entre ellos. Entre brazos y nalgas. Perderse en el caldo de la sopa que hierve en las manos de los que rompen el horario del trabajo y las agujas de tejer miserias.
Hay una cierta inocencia en creerse inmortal y a la vez saberse de tierra. ¿Cuándo somos inmortales? Cuando hacemos el amor lo somos. Cuando explotamos lo somos. Cuando la atemporalidad del placer envuelve con su hipnosis la conciencia de los límites.
Es por ese camino donde los Nadies regresan a mostrarnos los dientes y las manos. Los dientes para sujetarnos de los labios y las manos para acariciarnos las dudas.
Porque tetas hay miles, pero esas tetas, las que reconocemos de nosotros, las de los bordes tan conocidos como el mapa de tu pueblo, las de los marrones pigmentados con lunares invariables, las del perfume a "mis tetas", las que me quiero clavar en el vientre para sentir el aliento en el pecho, esas mismas tetas, son contadas con los dedos de una mano. De ésta mano.
Aunque también le dicen "mano" a una vuelta de reparto de cartas. Y en esas a veces te besa la suerte, mientras que otras te mete el dedo en el culo la miseria. Pero no hablo de esa mano. Hablo de la mano donde cabe la teta que esperas.
Hay una cierta necesidad de manos y tetas en la siesta. Bajo los paraísos. En los baldíos.
Existe también una compañía templada, definida entre el vientre y los hombros de la compañera.
Esa compañía, o en resumen esas tetas, huelen a siempre.
El seguro bien pago del corazón.
El espacio músculo y grasa que reviste el objetivo de los besos en los pezones.
Las tetas y la siesta.
Las tetas y el corazón.
Las tetas de la mujer que acompañas.
No somos mucha más materia que eso.

Para Mrs Sunshine

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