Nota: Esta es una historia que nace en la Calle Billinghurst.
1er Acto: El teatro
Fui al teatro de puro compromiso. Odio sacar entradas y luego no ir. No podía tirar la plata y además me sentía casi bien.
Entré a cinco minutos de que empiece la función, fui a la fila 19 y ella se sentó al lado mío. Esas pestañas, esas manos, ese cuerpo. Atenta a todo. A todos. Me desafía la deconstrucción pero hay tetas que se sobreponen a eso. En ese momento recuerdo que no voy al baño desde antes de salir de la casa. Como siempre, me meo. Pero decido no ir, ya habrá tiempo.
- Hola, ¿este programa es tuyo? - Le dije mientras levantaba el papel del piso donde figuraba mal impreso el elenco y el resto de la información.
- Si, ¡gracias! Lo perdí...
-Vi que se te cayó, por eso...
- ¿Debería darte propina? - Soltó una sonrisa que me pegó una trompada de felicidad.
Pero no supe ni siquiera cómo sonreír. Hace tiempo no sé ni por dónde empezar. El viejo modo de hablar con una mujer no me sale, el nuevo no lo conozco, tengo vergüenza y miedo, para peor no me gustan - aún, quizás - los tipos, es un quilombo.
Me quedé mudo pero tan, tan, pasado de vueltas que no pude atender la obra durante un rato largo. O peor. En realidad no pude darle bola a la obra durante la hora y cuarenta que duró. Sólo tenía a ella en mi cabeza. Y el apoyabrazos. Porque el apoyabrazos era una tortura: ella, yo, ella, yo, yo, ella. Contacto. Es decir, ya nos estábamos tocando los antebrazos. La puta madre qué sensación. Estaba dispuesto a que sea el último recuerdo de ella.
Tenía claro que algo iba a intentar al final, antes no podía, no era el momento. Y estaba perdido en todo lo que podía ser cuando terminó la obra. Sin preaviso. La gente se paró a aplaudir, las luces le dieron a ella en la cara. La sentí pararse porque ya no había apoyabrazos, y me paré y aplaudí, bravo bravo, grandioso, que hago la puta madre ahora. Nos miramos, yo fingí superación mientras intenté una sonrisa y vi que la gente empezaba a salir por la fila, yo en la butaca dieciséis un poco más a la orilla y ella que me mira como intentando marcar el camino y yo que me dejo llevar y digo con los ojos claro que si es por acá seguime como si hubiera alguna alternativa sin pisar las butacas y la señora de adelante se frena y yo tropiezo con ella y ella, mi ella, me apoya su cuerpo desde atrás pero no dura nada y seguimos y salgo de la fila y en ese momento, justo en ese momento, me abro para que ella pase y atrás de ella sale un señor de barba como trastabillando, me choca y me pisa en ese orden, y ella se ríe me mira y dice “mi papá, Mario” y es cuando Mario me mira en la semipenumbra del pasillo central y me dice susurrando: “desde que te vi al lado de mi hija me gustaste” y siguió como si hubiera hablado con el acomodador y nada. Ella no escuchó, me miró amablemente y se adelantaron. Y ahora que mierda hago, pensé. Los voy a ver en el hall y ya los estoy viendo en el hall y estoy llegando a ellos en el hall y los dos me miran como esperando y yo sin pensarlo pero como imantado voy a ellos y escucho al llegar: “mi papá nos invita a tomar algo a Edelweiss, a la vuelta”. Entonces me bloqueo, me siento incómodo y con absoluta decisión de negarme a ir, me planto y respondo: “¡claro, vamos, que buena idea!.” Caminamos, estábamos a tres cuadras. Pero necesitaba ir al baño. Y también necesitaba decirle a ella lo del padre. Era un lío, me sentía muy incómodo.
2do Acto: Edelweiss
Llegamos, nos acomodamos en el lugar, mesa redonda. Los tres, yo enfrente de los dos, ellos más cerca entre sí. Algo parece recuperar un poco de normalidad, pedimos una entrada. La berenjena estaba sospechosa. Antes del plato principal me decido: voy a ir al baño. Finalmente puedo ir al baño. “Entre medio de los dos salones, en la parte de madera Jefe” me indica el mozo. Ni bien entro al baño siento la puerta vaivén abrirse suavemente: era Mario, el padre. Mientras se acomoda en un mingitorio al lado mío me mira, yo simulo terminar sin poder siquiera empezar, me arreglo y con una sonrisa nerviosa intento salir rápido. Él se da vuelta en el momento y tomándome del brazo me dice “negarme dos veces en la misma noche es imposible, es un tema de probabilidades” mientras se mordía el labio inferior y me miraba. Luego me deja ir. Y yo sin poder mear.
Regreso a la mesa, recupero la conversación y cuando la miro a ella, él regresa del baño e interviene en el análisis de la obra, interrumpe y dice:
- yo uso una expresión que solía usar Groucho Marx, parecida a esa de los principios estos u otros. Cuando alguien me pregunta por algún motivo o intervención “cómo estuve” y a mi me parece que algo no me llenó, no me cupo, no puedo explicar, le suelto “casi mal”. Es como el vaso medio lleno pero tirando a menos. Es como que no está todo perdido, pero hasta ahora la cosa va fea.
La noche iba por pasillos peligrosos. Fueron uno, dos y tres vinos - que pagaría Mario, yo estaba crocante de seco. Ella se levanta para ir al baño y en ese momento se acerca alguien a la mesa, me toca la espalda y me dice: “¿Colorado? ¡Loco que lindo encontrarte! ¡Pasaron años desde la última vez que nos juntamos en tu casa! - era Octavio, compañero del laburo. Del laburo anterior, buen pibe, era profe de Filosofía en la nocturna, tenía las manos con vitiligo y una voz entre Celine Dion y Barry White. A veces una, a veces otro. Hacía tareas administrativas que en ese laburo era rascarse con las veinte uñas de manera mundial. Tenía una maestría en chismes. No va que el boludo me suelta: “¿Y? ¿Seguis viviendo en Yerbal unodoscincoocho, séptimo A, frente a Ferro?.” En ese mismo instante miré a Mario que sacaba una birome del bolsillo interior del saco y anotaba la dirección ¿Qué otra cosa iba a anotar? Repetía con la boca como masticando un palillo: yerbalunosdoscincoocho. ¿Y ahora? Fue cuando pensé “Se lo voy a negar a Octavio completamente”, y decidido le respondo: “¡Sí sigo ahí! Era el departamento de mis viejos. Estoy instalado”. Es inexplicable el poco caso que me hago.
Octavio se despide, me da un beso en la mejilla justo en un resto de berenjena enredado en la barba rala y colorada pero de fuerte efecto velcro y sigue su camino. La veo volver a ella y miro directo a Mario que a su vez me mira con cara de Benny HIll y me suelta en voz baja: “te voy a esperar en la puerta”. Mi respuesta en una voz tenue, gomosa, fue: “Mirá Mario que yo no estoy en esa onda, no te hagas los rulos” a lo que él sonrió como diciendo esperá que saco la libretita de cosas que me chupan un huevo y tomo nota.
Cuando ella se sienta al regresar, se arrima a su padre que ya estaba como flan sin huevo, tambaleante en la silla, un poco pasado de tinto del Valle de Uco y le dice algo al oído. Inmediatamente Mario se levanta y al ritmo de “compermisi tengn buenasnoshe”, que estaba más cerca de un malagueño que de un recoletano de Buenos Aires, se retira tropezando con prácticamente todas las patas de las sillas que iba intentando esquivar mientras volvía al baño. Era Mario en un flipper.
El mozo se acerca, nos indica que todo está pago - obra de Mario - en lo que ella me dice, muy cerca, mirándome: vamos a casa, está cerca. Está en Coronel Díaz.
3er acto: Su casa
Subimos a un taxi y nos sentamos tan juntos que nuestras piernas se tocaban. Mucho. Bajamos, pagué por primera y única vez en la noche. Íbamos en presagio de algo caliente. En el ascensor no quise avanzar ni ella propuso nada, era todo víspera. Llegamos al departamento. Pensé que finalmente era momento de ir al baño. No pude, se acercó y me miró, se acercó más. Sentí enloquecidamente que quería besarla. Y que quería ir al baño, también, pero no era el momento otra vez. Desde antes de salir de la casa. Pero ahí fue cuando la tomé de la cintura y me dí cuenta de que era enorme. No su cuerpo, ella. Toda. Había pasado sus brazos sobre mis hombros y cerraba sus manos envolviendo mi nuca. La miré, sentía vergüenza. No era una de esas noches donde todo te sobra. Estaba cagado en las patas. Me acerqué a su boca con el labio inferior temblando. Mirá que estoy grande para eso. Me apoyé en su boca y sentí fuego. Fuego. No podía entender dónde empezaba ella y terminaba yo. Abrí un ojo sin dejar de besarla y vi el reloj en la pared: 6 de febrero 11:58. Me interné de nuevo en ella. En el beso, en la humedad y la lengua. Templada, sabor a chicle de algo que no distinguía en parte por el phillip morris que acababa de apagar. Era para quedarse a vivir ahí. Pasó un tiempo, como cuando viajando en bondi de noche entras en un túnel y no sabés bien cuando salís y vas entredormido con esa sensación hermosa sin tiempo ni temperatura. Nos mordimos un poco. Abrí el mismo ojo sin dejar de besarla de nuevo, una destreza recién descubierta, y el reloj decía: 7 de febrero 12:02. Ya era 7 de febrero y no sólo era siete, que es mí número favorito, sino que habíamos arrancado el beso el seis. Era la primera vez que empezaba a besar a alguien un día y terminaba al día siguiente. Fue mi primer beso de dos días. A los cincuenta y siete años.
4to acto: tendría que haberlo hecho antes
En ese deseo que no tiene tiempo ni espacio, con la luz apagada, nos fuimos desvistiendo torpemente, tanto que tropezamos cuatro veces incluida una patada con el dedo chiquito del pié a la pata de una mesita ratona que me costó no menos de tres minutos de lagrimal explotando, una puteada que se mezcló con un franeleo muy caliente, el dedo chiquito que no podía apoyar en la cama ni en el piso ni en el aire, un intento de meterme con ella a una cama que no estaba “hecha” como cuando uno “hace” la cama sino que el acolchado estaba soldado a los laterales como por un metalúrgico de Siderar, imposible sacarlo para meterse sin frenar toda la escena, y entonces le pido a ella que se siente mientras yo sin prender la la luz intento meter la mano en el principio del pliegue de esa sábana inmutable que no podía encontrar, hasta que decido no abrir el acolchado para amarnos y de nuevo le tomo la mano amablemente pero con un aire rudo e intento deslizarla a la cama para luego lanzarme sobre ella eso sin notar en la oscuridad que había un frente de cama, como un respaldar pero no en el respaldo sino en el otro lado en los pies de la cama y ella en un movimiento veloz impulsada por mi mano da con su espalda en la madera y se escucha un toc seco seguido de un huy seco también y de repente pierdo su mano en realidad la pierdo a ella y tiro los dos brazos como para agarrarla e intentar continuar pero me da risa, mucha risa, una risa incontrolable y no encuentro la luz y me da más risa y de repente no aguanto más sin mencionar que no veo nada y me estoy por mear y tendría que haber meado antes y no aguanto y me relajo y me meo ahí sin poder para de reirme y en eso va un que un grito aterrorizado corta la noche: “¿me estás meando?” Todo se había terminado. No quería que prendiera la luz. Había un silencio estruendoso. Tomé mis cosas, me vestí en la cocina y apuré el paso para salir. Me volvía el ataque de risas y una vergüenza descomunal de a ráfagas. Me sentía muy pelotudo. Casi mal, como dijo Mario.
5to Acto: De Regreso
Camino hasta la parada del cientoveintiocho sobre Coronel Díaz. Me va a dejar en la puerta misma. Derecho a la cama, derecho a olvidar todo. Llego a la parada de casa, bajo, mis rodillas me recuerdan el número de documento, camino los treinta metros que me separan de la entrada del edificio. Llego. Alguien sentado en el escalón de la entrada al edificio me toma inesperadamente el tobillo con la mano y se escucha una voz conocida :
Casi mal tres veces en la misma noche es imposible, es un tema de probabilidades.
¿Mario? ¿Qué carajo hacés acá?