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Ceguera (Dos de Ene)

Capítulo anterior: Ceguera (Uno de Ene).

El aroma de las comidas me sienta entre las carnes, los caldos y los cítricos. Nado en ellos. Es raro, pero he perdido la conexión con las formas originales de los objetos. Retengo los aromas y dibujo libremente.

Lo único que recuerdo con detalles es el cuello de Laura, el vello de su nuca, la textura de su piel vistiendo ajustadamente ese infierno que despertaban mis labios. Su piel café clara. Los rizos que masajeaban mis mejillas. El espacio de descanso de sus hombros.

Entiendo que el hecho de recuperar la vista será tan traumático como fue perderla. Propiciará el desorden de mi numerado archivo de vivencias. Pero el deseo de reintegrarme al limitado universo de quienes poseen este contaminante sentido es más fuerte. 
La vista es la virtud más condicionante que he poseído. Es tan real, tan mundana, tan ahuyentasueños. Delimita con detalles los cuerpos, las calles, las heridas y los perros. No deja lugar a dudas excepto nuestro cerebro insista en transmitir distorsiones, límites en espacios que están abiertos y lluvia en días soleados.

El gran desafío es la manera en que me reintegraré al mundo de lo visual, de quienes todo lo comprenden en imágenes. 
Pienso hacerlo mansamente. Lento como la marea, hacerlo.

Anhelo y temo la visión de Laura en cuerpo entero, en carne y algodón, en ansias y lágrimas. Temo no poder conectar. Temo casi todo el tiempo.

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