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Era un infierno

Esquina de pintura. Cruce de Rincón y Libertad. Noche entrada, muy entrada. Casi de salida, la noche. Manuel, el conserje infernal, levanta la vista ante cuatro piernas desprevenidas que se establecen como interrogantes frente a él.

- Is this Mr. Rimini's hostel?

- Si. Acá, la puerta verde...

- Thanks.

No volverán a salir.

Mr. Rimini recibe extranjeros exclusivamente por un motivo: no habla ningún idioma comprensible para los humanos y tampoco quiere hablar el idioma de los vecinos. De esta manera disimula en el barrio su antiquísima sucursal del Lord del Azufre. De hecho no le habla a nadie. Diría que nunca, tampoco, los mira. En el año mil novescientos sesenta y ocho fué la última vez que levantó la vista por equivocación - cualquier angel maldito puede tener un un momento de distracción - cuando la mujer italiana ya entrada en años, destino de sus ojos, quedó fulminada, reducida a cenizas. Inmediatamente el marido, que la acompañaba vestido de traje azul y sombrero negro, bajó la vista comprendiendo el peligro. Los rojos ojos de Mr. Rimini se apostaron contra la mesa nuevamente, envolviéndose en su respiración entrecortada y caliente.  

En doscientos años de hostel, soy el único que logró escapar. Fue un descuido de Manuel. Y mío, por que en realidad no pensaba escapar. El aire fresco fue como un imán, andaban tan flojos de fuego que los residentes hacíamos turnos programados y el nochero se había dormido. Ocasional y fortuitamente. Fué la única vez que se lo vió así en los últimos cien años. Manuel no duerme, como se puede esperar de un comisionado ejemplar a la conserjería de la hoguera.

Hoy, después de mucho andar afuera, miro mis manos y veo gordas cicatrices. Otrora tenía manos de pan, hoy son de carne, desgastadas, vejadas. No es gratis pasar algunos decenios allí.

Aunque tengo claro que pude salir, como nadie lo hizo. Y eso me proyecta a un lugar inimaginable. Sigo creyendo animadamente, enfurecidamente, que si huí es porque puedo ser mas que él. Mr. Rimini ya cumplió su ciclo. Es un diablo viejo. Y un viejo diablo. Ya no puede manejar el boliche. Si el tipo hablase, si fuera amable con los paseantes, podría tener más pasajeros para dormir en la parrilla. El marketing lo es todo hoy. Hay que trabajar pensando en el consumidor. Al fin y al cabo, esto es un negocio: más desprevenidos metés, más años te conmutan de inmortalidad.

No tengo dudas de que volveré a tener la oportunidad pronto. Siento el cerebro leve y atento, la esperanza intacta. Aquel día, en el que finalmente Mr. Rimini levante la vista y me mire a los ojos, veremos quien de los dos es el que manda.
Y ahí, cuando quede solo, esto va a ser un infierno.

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