- Buenas noches Doctor - dice Luis - es un placer conocerlo, me han hablado tanto de usted.
- No crea todo lo que le dicen - retorna el Doctor, aunque se sabe sublime.
Luis respira hondamente, hace una pausa, mira al Doctor en actitud de oración.
- Doctor, ¿usted piensa que se puede aprender a degustar un vino o es un talento innato?
El Doctor carraspea y levanta la copa hasta la altura de su hombro, 40 centímetros por delante de su esternón, con el brazo levemente curvado. Fija su vista en la bebida como si en ella se descubriera la verdad única e inexpugnable del vivir. El cristal le transmite la ciencia de las vides. Siente invasión de solemnidad. Está poblado de solemnidad.
Antonio se encuentra de espaldas al plebiscito, mientras intenta encarcelar un trozo de parmesano con un pinche mocho como su dedo pulgar. Le atrae la pregunta. Se acerca sigilosamente, sin visa y en puntas de pie. Su cabeza llega primero desde atrás, e inmediatamente acerca el resto del cuerpo al dúo devenido en trío. Mira a los ojos al Doctor, como intentando tomar el mismo tren de su vista. El Doctor cede boleto y Antonio gira lentamente su cabeza apuntando los ojos al rastro denso, tinto, delineado por los francos matices que transmite su copa.
El Doctor siente invadido el espacio por la interferencia vítrea de Antonio. Se incomoda. Antonio vuelve la vista al Doctor y sonríe sin descubrir su dentadura. Como mostrando el boleto al guarda. El Doctor no se inmuta. Antonio muestra la dentadura mientras piensa en el canino reconstruido por composite. "Lo va a notar", piensa. En la mente del Doctor no cabe el composite. El Letrado ha sido invadido y se muestra incómodo. Interrumpido en su excelsa intervención. Antonio dibuja una leve distancia entre las filas inferiores y superiores de sus dientes. Se le arrugan las comisuras de los ojos. La frente se muestra rayada, y se profundiza el ahuecamiento de sus mejillas. El Doctor respira agitadamente. Comienza a sudar. El frío del sudor llega a Antonio que piensa en abrigarse. El Doctor siente el corazón galopando como un caballo en pendiente y sin retorno. Como dos caballos. Como un hipódromo en domingo de fiesta. Antonio se abriga. Le asusta el golpeteo que emite el pecho del Doctor. Piensa en asistirlo. Disparar al menos un ¿está bien Doctor?. El Doctor tiembla, sus piernas apenas lo sostienen. Antonio sabe que tiene que hacer algo. El Doctor suelta un quejido agudo. Antonio intenta tomarlo del brazo, y la copa sufre un bateo que la eleva por el aire, marca dos metros treinta y cae buscando el piso como un niño a su madre. El Doctor cae a la velocidad de la copa. La copa se revienta en la alfombra. El Doctor también. La copa libera el líquido tinto. El Doctor también. Luis quita el pié sin mirar, que había quedado bajo la mejilla helada del Doctor. La cabeza se acomoda inerte.
Antonio se dirige a la mesa de los quesos. Consigue un pinche usado, aunque mínimamente mas filoso que el anterior. Apunta al parmesano y lo apura como Quijote a los molinos.
Luis pasa por delante de Antonio. Le muestra su pulgar levemente erguido, y aborda al Licenciado que acaba de llenar un cuarto de su copa con un Weinert Malbec Estrella 1977.
- Buenas noches Licenciado - dice Luis - es un placer conocerlo, me han hablado tanto de usted.
- No crea todo lo que le dicen - retorna el Licenciado, aunque se reconoce inalcanzable.
Luis respira hondamente, hace una pausa, mira al Licenciado en actitud de oración.
- Licenciado, ¿usted piensa que se puede aprender a degustar un vino o es un talento innato?
Antonio termina de orillarse los premolares con un escarbadientes, enfoca al Licenciado, y se acerca sin querer interrumpir.