Era obvio.
Horacio podría suponer alguna derivación adicional del análisis temprano de Laura en el momento en que ella lo viera. Podría, quizás, presuponer que ella lo confundiría con Carlos, algunos los habían confundido más de una vez. Otrora y ahora.
Pero, lo obvio era que pasaría eso. La fibra íntima de ella cedería ante el aroma del recuerdo. La entrepierna tiene su propia memoria. Su inserto pen drive sensorial.
Veinte años. Veintiún años casi. Un ejército de pequeños había nacido y hasta se habían invitado a copular (al menos entre algunos) en esa pequeña pero terrible y no menos advertida era intermedia sin verse.
También era obvio que Laura, tanto como Horacio, recordaban aquel cumpleaños de Flor. Mas que cielo con las manos, aquella noche estuvo vaporizado entre las nubes, mientras Dios (si, El Maravilloso Sr. Todolopuedo) le preparaba un martini, y el que traía las aceitunas en moto era el mismísimo Satanás.
Aquella noche, y mordiendo las tres de la mañana, Flor le había pedido que sigilosamente fuera a la habitación de su padre, que ya dormía, y tomara de su pantalón los cigarrillos. Kent mentolados. A los 15 años. Cigarrillos a los 15 años, hace 20 años. Mas allá de lo placenteros que podían ser esos cigarros cuyo sabor se orillaba mas con masticarse un arbusto de menta incendiándose, decir valentía era nada al lado de lo que hacía falta. Lo que ameritaba aquella incursión al baño del dueño de casa a hurgar su pantalón colgado, prolijamente, era el esfinter soldado con estaño. Horacio consiguió la compañía de Laura para aquel viaje sanitario. Laura. ¿Entienden? Laura-la-áurea. La iluminada. La mejor, la única. La que todos anhelaban, y algunos hasta llevaban imaginariamente al baño para liquidarla en el lavabo. La que al llegar al lugar de la encomienda y ante la aparición inesperada del hermano mayor de Flor rompió a llorar desconsoladamente. La que dejó que tomase su mano y asumiera toda la carga, escondiéndose tras mis escuálidos omóplatos. La que nunca supo que eso me costó un flor de piñazo el mismo lunes siguiente, y del mismo guardabosques en el recreo largo del Belgrano, sobre el pasillo angosto que dividía la cancha de basquet y la sala de actos.
Esa Laura es la que hoy me vería. La que seguramente no ha podido aún…
- Hola Horacio
- Lau.. – carraspeando Horacio.
- ¿Cuanto te debo?
- No, por favor. Que memoria querida Laura. Aquello fue lo mínimo que podía hacer, y además yo sabía que entre nosotros podía espont…
- ¿De qué hablas Horacio? ¿….?
- Bueno, de aquella noch…
- Te pregunto cuánto es el sushi y el vino que trajiste.
- Ah, ehhh, mmmmporacá tenía el tiquemmm, peraaatemmm, catá, cuarentaycincoconcincuentaaaa….maselvinommm…setentayochotodo.
- Te doy cien, dejate el vuelto.
- Pero ¿entonces me reconociste, te acordás de mí?
- Llamé a ese sushi bar por que sé que vos hacés el delivery y acá en el country no dejan entrar a cualquiera. Dije que eras conocido mío.
- Ah…
- Bueno, me alegro verte bien.
- ¿Bien?
- Los llamo de nuevo uno de estos días. Está bueno el sushi de ahí.
- Mmmsí, yo en realidad….
- No te preocupes, entiendo. De ninguna manera, dejate el cambio. Mientras pueda, ayudar a los que no están tan bien es mi vocación y esta es una oportunidad.
- ….
- Ciao.
- Nasnochem.
Blam.
A esa moto había que revisarle los frenos el mismo lunes. Se lo comentaría al llegar al dueño del bar