El estornudo salió desde las entrañas. Sintió que subía prácticamente desde los talones, arrastrando lo que encontraba en su interior. An inner tsunami. Unas milésimas de segundo antes de lanzarlo, recordó que la gripe A había encendido los miedos mas atávicos de la gente. Pero era tarde, ya le estaba rasguñando la garganta. Y apenas pudo abrir la boca como tiburón ahogado con un huesito.
- ¿Que miran?
Azorados todos, alrededor de Marcelo habían formado un vacío, una burbuja, un campo de protección. Algunos hasta se habían agachado y esperaban agazapados otro bombazo.
- ¡No es nada! ¡No tengo nada!
Estaban frizados. Si bien se podían percibir algunos pestañeos, la respiración era casi indetectable. Nadie se animaba a dar un paso adelante. O atrás. A los costados no podían por que estaban amasijados unos contra otros.
- ¡En serio! ¡No jodan! Es algo normal que me suele pasar, no... - temblaban los labios de Marcelo - no es de todos los días pero hay períodos en el año en que...
- Callate y quedate quieto - le dijo un tipo mas bien alto, mas bien moreno, mas bien nervioso. Bien nervioso.
En la retaguardia, algunos grupos comenzaban a separarse y tramaban cómo abordar a Marcelo.
- Tenemos que enfrentarlo en dos comandos, uno lo recrimina por el frente y otro va por detras y lo mete en una bolsa.
- ¿Bolsa? ¿Qué bolsa? ¿Quién tiene una bolsa donde quepa ese tipo?
- Oigan - dijo una señora canosa, petisa, ancha, de ojos celestes - yo traigo esta ropa de la tintorería, en esta bolsa del traje puede caber.
- Mire doña, en esa bolsa le caben las patas, no más.
- Pero se la ponemos en la cabeza y le atamos las piernas con este poncho que tengo en mi carterita - dijo un ambientalista con remera de Greenpeace que, si bien estaba un poco sucio y con las uñas de los dedos meñique bien largas, contribuía animadamente para reventar a este coso que no era ni un animal, ni plantita, ni agua, ni montaña. Es decir, estaba fuera del ámbito de protección del soldado verde.
Marcelo transpiraba. Frío. Sentía congelarse con el sudor. Los pies, sin embargo, le sudaban de manera infernal. Es decir en exceso y caliente. El intestino se le aflojaba, de a poco. Pero se le aflojaba al fin y se dejaba oir tenuemente. No podía mover las manos y el ojo izquierdo, como siempre le pasaba en situaciones de tensión, se le había cerrado. Ese mismo párpado, que pesaba una tonelada, ademas secretaba un líquido blanco y espeso que al secarse producía la sensación, en quien lo miraba, de que se estaba comiendo un alfajor con el ojo. Izquierdo.
Todos estos signos externos aumentaban la enjundia de la masa reunida alrededor, que creía confirmar que la transformación se estaba produciendo y que el ataque final estaría por llegar.
La anciana, al ver el ojo de Marcelo, intentó acercarle un pañuelo de papel. " - Fué involuntario...", cuenta la gente que sobrevivió al evento, pero ese pequeño movimiento generó la furia de los intervinientes que se avalanzaron sobre la señora en una cantidad de media docena y la aprisionaron contra una de las ventanas del vagón.
Confundido, el ambientalista que en ese momento intentaba armar un extraño instrumento que según parece por la forma y contenido intentaría fumar luego, creyó que el combate se había iniciado y tomó del piso la bolsa del traje, se abrió paso entre la turba y embolsó a la anciana, para luego enroscarle las piernas con el poncho.
- ¡Qué hiciste! ¡Y ahora qué carajo usamos con el monstruo! ¡Pedazo de idiota!
- Momento, momento, ustedes estaban todos encima de una cosa que se movía y yo pensé que lo adecuado era proceder.
Marcelo ya no sentía las piernas. Lentamente una caparazón de sudor espeso, supuración blanquecina y humores internos lo estaban recubriendo como crisálida. O como bicho canasto. El sabía que eso no lo dejaría escapar, se sentía indefenso, nervioso, con frío. Y con el intestino a la miseria.
A un costado de los intervinientes viajaba Johnatan, el hijo menor de Blanca White, la Doctora en Leyes y Jueza de la Nación, y era su primera vez en tren. Lo paseaba la Criada de la casa, que por otro lado estaba muy bien criada, y los once años de Johnatan comenzaban a quererselo explicar a los puntazos en el bajo vientre. El niño traía consigo un martillo que, sin querer hacerlo, inadvertidamente, había usado en el parque de diversiones hace un par de horas atrás con el tan de moda SuperThrowHer2NastyLiquids, juego en el cual la Criada se sentaba en una silla flotante y Johny le daba a un resorte hasta que la niña caía al lodo, por nombrar lo único que no era excremento en ese estanque.
Pero Marcelo ya no era Marcelo. Era una especie de cerámica en tránsito. Fué entonces cuando alguien gritó: - ¡Se secó! ¡Ya no se mueve! Tenemos que bajarlo ahora.
Al escuhar esto, Johnatan se abrió paso a los empujones, pisó callos y tacos, cabeceó madres y amantes, hasta que se encontró frente a la extraña forma inerte. La miró balanceando la cabeza en distintas direcciones como perro chico cuando escucha la flauta, levantó el martillo con las dos manos y le dió en la cabeza sin contemplaciones.
Aquello, antes Marcelo, se desbarató, trizó, explotó y redujo a pequeños trozos de una especie de cenicero roto del Paseo de las Artes o escultura barata de Coyoacán.
Marcelo, ya no era.
Johny, asombrado, se quedó mirando fijamente los pedazos esperando que lentamente volviera a ensamblarse, como el terrible enviado por la Skynet a reventar a Terminator en la segunda de la saga.
- No te hagas ilusiones nene, esto no es una película - dijo un señor de corbata y primer boton desprendido que dejaba el lugar.
El tren se detuvo en la estación de Altoverde y la gente comenzó a bajar sumida en sus tradicionales y mucho mas llevaderos problemas diarios.
El ambientalista pasó pisando desgajos del nuevo Marcelo desintegrado, y recogió uno que guardó prolijamente en su bolsita tejida estilo peruano.
El tren quedó vacío.
Sólo aquellas esquirlas, pedazos y filamentos que esperaban ser barridos. Y un poco mas allá una especie de gran gusano que reptaba, con cabeza de bolsa de tintorería y pies de poncho.
De la que no se supo mas nada, fué de la anciana.