No sabía siquiera cómo comenzar a decirlo. No era fácil para ella, con quien Carlos Alberto había compartido tantas parcelas de vida. Desayunos en la confitería Cielo Verde, la tradicional parada de los sábados después de bailar en Palace, el mentado dance-floor de sus tiempos de piel tersa y bondadosos pulmones para las escaleras.
Inés era corajuda, pero este caso no era precisamente de coraje necesitar. Era de seriedad, consternación y prudencia. Y precisión, eso sí. Sin precisión, Carlos Alberto podría no comprender lo que le pasaba.
- Carlos Alberto, necesito hablar con vos.
- Como estás Inés, decime. Estoy un poco apurado, disculpame.
- Lo sé, no es distinto a otras veces.
- No es momento de reproches, Inés.
- Quería decirte, y espero que lo comprendas...
- Directo al grano Inés, no tengo tiempo. Y mirame a los ojos por favor, pareces con la vista como extraviada.
- Hace tiempo que no te veo.
Carlos Alberto hizo una pausa mínima en sus actividades, volvió la vista a Inés y, absorto por el reclamo, le disparó con los ojos -una a una- dagas envenenadas de incomprensión. En ese momento pensó en soltarle a Titán para que la ataque, pero recordó que Titán últimamente estaba como extraviado. Sentía que lo ignoraba.
- Y no es sólo “una de mis locuras” como normalmente…
- Mira Inés -interrumpió Carlos-, realmente me parece de pésimo gusto que vengas hasta casa a comentarme esta idiotez, que sólo se le puede ocurrir a alguien como vos, con los conceptos de tiempo y espacio completamente distorsionados. Basta con recordar aquella vez en que le diste el alimento de Titán a los peces y…
- Lamento que aún recuerdes eso como algo tan importante, pero esto es grave Carlos Alberto. Hace tiempo que no te vemos. Y no sólo yo, sino que hay más gente que me dijo lo mismo.
- ¡Ah, la señora viene de embajadora de la pavada! ¡Disculpe señora embajadora, por favor minuto que le desenrollo el felpudo rojo! ¿Qué saben los demás de mi vida? Que se acerquen de cuando en vez a ver si estoy bien. ¡Planteos pelotudos que hacen! ¿Y si te juntas con la asamblea de notables esos que te mandan y se ponen a buscar laburo?
- Necio como siempre. Hay mucha gente que no te ve hace tiempo.
- ¡Y dale con lo mismo!
- Carlos Alberto, ¿seguís teniendo el espejo debajo de la escalera?
- ¿Y ahora decoradora? ¡No te puedo creer!
- Vení conmigo por favor. Vos seguime, va a ser más fácil.
Carlos Alberto no podía creer lo que estaba haciendo. O mejor, lo que estaba dejando que le hicieran. Pensó que quizás luego de esta payasada Inés lo dejaba en paz y se marchaba. - Acá está. Haceme el favor, mirate al espejo.
- Si, acá estoy. ¿Que tiene?
- No Carlos Alberto, no estás.
- ¿Qué fumaste hoy, Inesita?
- Carlos, sé que es duro de entender, pero prestá atención. No estás.
- ¿¡Pero!? - Carlos no entendía semejante disparate, aunque algo en su ropa lo hizo concentrarse por 5 segundos en la imagen - ¿Inés, como estoy vestido?
- No lo sé Carlos, no te veo.
- Pero, esta ropa... es la misma de ayer…
- Y seguro que la de hace dos días, y la de la semana pasada. No sos vos Carlos; sos lo que vos querés ver de vos en el espejo. Pero lo que se dice VOS, no estás.
- No en..tiendo.
- Putamadre Carlitos, NO-ES-TAS, NO-TE-VES. Hace tiempo que no te vemos, te lo dije por teléfono la semana pasada y hace 20 minutos cuando abriste la puerta.
- …
- Tanto tiempo sin verte, sin que te involucres con el grupo, sin ir a tus clases de yoga, sin tomar ese tinto que tanto disfrutabas con nosotros. Carlitos, posiblemente como solución final te desmaterializaste. Es una sabia decisión de la Inteligencia Suprema. O Dios o Alá. Quizás Big Brother, o tu karma. Que se yo.
- Ines, no me veo.
Bueno Carlos Alberto, eso es ya un cambio. Empezamos a coincidir en algo.
Inés era corajuda, pero este caso no era precisamente de coraje necesitar. Era de seriedad, consternación y prudencia. Y precisión, eso sí. Sin precisión, Carlos Alberto podría no comprender lo que le pasaba.
- Carlos Alberto, necesito hablar con vos.
- Como estás Inés, decime. Estoy un poco apurado, disculpame.
- Lo sé, no es distinto a otras veces.
- No es momento de reproches, Inés.
- Quería decirte, y espero que lo comprendas...
- Directo al grano Inés, no tengo tiempo. Y mirame a los ojos por favor, pareces con la vista como extraviada.
- Hace tiempo que no te veo.
Carlos Alberto hizo una pausa mínima en sus actividades, volvió la vista a Inés y, absorto por el reclamo, le disparó con los ojos -una a una- dagas envenenadas de incomprensión. En ese momento pensó en soltarle a Titán para que la ataque, pero recordó que Titán últimamente estaba como extraviado. Sentía que lo ignoraba.
- Y no es sólo “una de mis locuras” como normalmente…
- Mira Inés -interrumpió Carlos-, realmente me parece de pésimo gusto que vengas hasta casa a comentarme esta idiotez, que sólo se le puede ocurrir a alguien como vos, con los conceptos de tiempo y espacio completamente distorsionados. Basta con recordar aquella vez en que le diste el alimento de Titán a los peces y…
- Lamento que aún recuerdes eso como algo tan importante, pero esto es grave Carlos Alberto. Hace tiempo que no te vemos. Y no sólo yo, sino que hay más gente que me dijo lo mismo.
- ¡Ah, la señora viene de embajadora de la pavada! ¡Disculpe señora embajadora, por favor minuto que le desenrollo el felpudo rojo! ¿Qué saben los demás de mi vida? Que se acerquen de cuando en vez a ver si estoy bien. ¡Planteos pelotudos que hacen! ¿Y si te juntas con la asamblea de notables esos que te mandan y se ponen a buscar laburo?
- Necio como siempre. Hay mucha gente que no te ve hace tiempo.
- ¡Y dale con lo mismo!
- Carlos Alberto, ¿seguís teniendo el espejo debajo de la escalera?
- ¿Y ahora decoradora? ¡No te puedo creer!
- Vení conmigo por favor. Vos seguime, va a ser más fácil.
Carlos Alberto no podía creer lo que estaba haciendo. O mejor, lo que estaba dejando que le hicieran. Pensó que quizás luego de esta payasada Inés lo dejaba en paz y se marchaba. - Acá está. Haceme el favor, mirate al espejo.
- Si, acá estoy. ¿Que tiene?
- No Carlos Alberto, no estás.
- ¿Qué fumaste hoy, Inesita?
- Carlos, sé que es duro de entender, pero prestá atención. No estás.
- ¿¡Pero!? - Carlos no entendía semejante disparate, aunque algo en su ropa lo hizo concentrarse por 5 segundos en la imagen - ¿Inés, como estoy vestido?
- No lo sé Carlos, no te veo.
- Pero, esta ropa... es la misma de ayer…
- Y seguro que la de hace dos días, y la de la semana pasada. No sos vos Carlos; sos lo que vos querés ver de vos en el espejo. Pero lo que se dice VOS, no estás.
- No en..tiendo.
- Putamadre Carlitos, NO-ES-TAS, NO-TE-VES. Hace tiempo que no te vemos, te lo dije por teléfono la semana pasada y hace 20 minutos cuando abriste la puerta.
- …
- Tanto tiempo sin verte, sin que te involucres con el grupo, sin ir a tus clases de yoga, sin tomar ese tinto que tanto disfrutabas con nosotros. Carlitos, posiblemente como solución final te desmaterializaste. Es una sabia decisión de la Inteligencia Suprema. O Dios o Alá. Quizás Big Brother, o tu karma. Que se yo.
- Ines, no me veo.
Bueno Carlos Alberto, eso es ya un cambio. Empezamos a coincidir en algo.