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Here comes the moon

¿Cómo hago para no olvidarla? Porque, para sincerarme, no deseo olvidarla. No debo olvidarla. Es demasiada carga el olvido enfrentado con el recuerdo. No hay confrontación posible, porque olvidar en cierta forma es morir y de morir desconozco inocentemente los detalles.
La crueldad del olvido reside en descartar sin mayor cuestionamiento aquello que fue nuestro motor, el caldo gustoso de los almuerzos, la sangre densa e invasora, el tiempo en pequeños trozos.

Es temprano aunque el sol comience a ponerse.  Es la tarde aprendiendo a caminar. Y camino con ella sin saber el destino. Caminar agita el corazón de modo físico, premeditado, medible. En esta agitación no hay enjundia, no hay invasores rebeldes, no hay sorpresa.

Existen otras agitaciones, otros recorridos menos trazados, sin guías ni pilotos ni senderos ni vialidad. Esas son las que no quiero olvidar.

Estoy sudando, mi frente lo anuncia. Las manos en los bolsillos denuncian ausencia de un cuerpo que abrazar.
Miro la hora. Vuelvo a mirar la hora. Aún no la retengo. Miro por tercera vez. Miro la hora por acto reflejo, por mecánica, sin querer mirar la hora, sin desear puntualidades, sin tener citas.
Es hora de caminar. La misma de cada día que no recuerdo. La misma de cada recuerdo y de días que no valen para recordar.

Doblo a la derecha. Me siento bien pisando el pasto, aunque prohibido se manifieste. Es como pisar adentro. Es como el sexo de Ana. El resto del cuerpo es pared, es pintura, es textura más o menos dura, más o menos blanda. Pero su sexo es pisar el pasto. Húmedo, hendido, definitivamente blando. Invita a quedarse. Tiene espacio para residir.

Las primeras luces del día fueron muertas por la lluvia del almuerzo y, en la espera de la tarde, el sol olvidó alimentarlas.
Here comes the moon. La veo mover el vientre, la veo querer quedarse.
Extraña convivencia de reyes. El sol agonizando para los que vuelven a casa y la luna coqueteando a los amantes nocturnos.

La noche me obliga a recordar. Cruzo la calle hacia el bar de ayer. No el de siempre. El de ayer. Ayer me hice de un nuevo bar de siempre. Empujo la puerta que dice a los gritos mi llegada. No es esa puerta, es la otra. Entro. Esquivo la misma mesa de ayer para llegar a aquella junto al vidrio. Buenas noches. Un coñac. Un coñac. El mismo mozo de ayer. No me escucha o no le importa escuchar. O no soy claro. Un coñac. Ahora sí. Sin hielo, si, hielo no.

Lo primero que hago con el coñac es humedecer los labios. Se contraen y los limpio con la lengua. Con Ana tengo la misma costumbre. También a Ana la bebo a sorbos, lentamente.

El alcohol hace más lerdo el proceso de cambiar de recuerdos casi fotográficamente, como lo hacemos cuando estamos excitados. Facilita dilatar cada imagen, no dejarla ir.
Por eso acuden a él quienes recuerdan. Por eso quienes acuden a él no olvidan. Y se mienten y castigan y vociferan el dolor de cada cuadro y se incendian en las llamas que arden en la caldera de la memoria.

Ahora sí, la lluvia es océano. Corremos como peces en estanque ajeno. Nos atropellamos. Detestamos el agua que no es de nuestra provisión. Detestamos mojarnos si no es en las elegantes formas sociales aceptadas. Bañarse por capricho de la naturaleza es tan incómodo como bañarse por antojo de terceros.

Ana está sentada frente a mí. Ahora se recuesta en la mesa. Ahora me besa. Ahora no. Estoy solo nuevamente, aunque mi coñac amigo se empeñe en traerla a intervalos inciertos.

Tengo que buscarla, tengo que parir este dolor, tengo que decirle que la amo y que voy a dejar de amarla. Pero no por el momento.
Tengo que hacerle saber que es la mejor en mi cama, y en la suya, y en la de los hoteles. Y que dejará de serlo ni bien se vaya. Pero retomará su reinado al volver.
Voy a decirle que Marcela no es importante, no es recuerdo, no es el cielo de este coñac que tanto masajeo.
Estoy decidido a confesarle que Marcela definitivamente no es mía, ni lo fue, ni quiso serlo aunque le confesé que la amaba y que iba a dejar de amarla.

Lo tengo decidido.

Definitivamente, tengo que encontrar a Marcela. Un coñac más. Otro coñac. Este mozo adolece de sordera servicial. Un coñac, sí. No, hielo no.

Tomo la copa con toda la mano. Generosamente. La estoy templando, estoy provocando que los vapores del líquido suban y penetren mi nariz. Siento el embriagante aroma de su cuerpo.
Con Marcela me pasa algo similar. No es perfume, no es esencia de madera y cítrico. Es piel. Pocos aprenden a distinguir aromas de distintas pieles. Pocos se detienen y se lo permiten.

Ana vuelve, toma la mano de Marcela, me miran profundamente y me sugieren que están dispuestas, que quieren que les hable. Cuando abren la puerta el aire húmedo las espanta, pero al cerrarla aparecen nuevamente.

Apuro de un trago la copa, las miro dudando a quien mirar, respiro profundamente, respiro, comienzo a sentir el grueso y cálido aliento a coñac. Bajo la vista, por un momento imagino que nadie me espera, que puedo firmar contratos eternos con ambas. Que no necesito garantía, que no hay hipoteca.
Levanto la mirada, carraspeo, y solemne y estúpidamente les digo: las amo, pero voy a dejar de amarlas.

Me levanto. Me cuesta levantarme. Intento salir por la puerta equivocada. Siempre lo hago igual. Aun cuando decido cambiar de elección, vuelvo a empujar la que debo tirar.
Estoy tranquilo, liviano, respiro el aire de la noche recién parida. Siento deseos de hablar con alguien. Siento deseos de acariciar, a media luz, a velas, a licor.
Aun cuando tengo la terrible certeza de que voy a amar, para dejar de amar.


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