Verano cálido de noche. “We are in the Twilight zone” pasaba por la cabeza del oriundo de Vancouver, Washington, conmovido por ese momento que sigue a la puesta del sol presagiando la noche.
- Calle 11, a la derecha, apenas pasas la Estación de Servicio. – le habían dicho a los López, que ya iban sin pausa avanzando impertérritos por la mano izquierda de ruta 40, como yendo a Mendoza. Como yendo a Mendoza, pero a velocidad extremadamente lenta y por la mano de los rápidos.
A esa altura, con la Sierras del Pié de Palo tan cerca, con esa falda precordillerana que anima a perpetuar la vista, ese paisaje que no da chance a prensar algún otro aceite en el cerebro, Los López sólo miraban hacia adelante. La cantidad de polvo mezclado con melaza del Roble del estacionamiento apenas cambiaban de lugar con la barrida constante de la escobilla seca en el parabrisas. Algo veían, pero la montaña, no. El chirrido del limpiaparabrisas era un canto. Un canto de muerte. Un grito desesperado. Y sistemático.
De Vancouver sólo se viene a San Juan por dos motivos: por equivocación o por la uva. Alguien dirá: por amor también. Esta posibilidad cae automáticamente en el primer motivo. Lo segundo era este caso.
John Max Payne estaba en Pocito, ese día. En San Juan, esa semana. Si bien había sido un actor de reparto toda su vida, había filmado con algunos que enumerar sería la envidia de quienes sueñan con los estudios de cine de la costa oeste de los Estados del Norte. A saber: Julia Roberts, - el mozo que le traía la copa de bourbon en el casamiento con Hugh Grant; Jhon Turturro, - uno de los presos que martillaba la vía cuando este intentaba escapar de la cárcel; y su recordado papel de sentado en el sillón del peluquero de “Cigaretes”; entre otros.
Lo cierto es que el tipo había juntado unos dólares y quiso tener su propia bodega. Su vino único. Era su lugar de retiro, donde planeaba en unos años vivir de sus pequeños pero duraderos ahorros. John no sabía de la existencia de los López.
Estacionaron el Auto Unión azul entre la acequia y la calle. Explícitamente la mitad del auto sobre la acequia. En equilibrio.
- ¿No viste la acequia?
- No vi la ruta.
El auto estacionado en la penumbra y con la tierra que cargaba, tenía un aire a bicho canasto. Pero empollando un elefante.
López Romero, el primero de ellos, se sacudió los restos de gomaespuma del asiento, se pasó los zapatos por la pantorrilla del pantalón azul comprado en The Sportman de Calle Mendoza en el ’77 y encaró hacia la entrada del evento. Se ingresaba por los olivos, le habían dicho.
López Cándido, el más chico, intentó seguir a su hermano por parte de padre. Intentó, pero era el que había quedado del lado de la acequia. Era hora de riego.
- ¿Por qué te arrodillas al lado del auto? - le pregunta Romero
- Estoy adentro de la acequia. No estoy arrodillado.
Luego de fumar un par de Conways en la puerta, esperando que los tobillos de Cándido se sequen al menos para no entrar patinando, encararon como si fueran parte de la lista.
- ¿Los Señores? – preguntan los de protocolo.
- Los López – contesta Romero.
- ¿López cuánto?
- López Peláez. De los vinos. – insiste Romero.
- de las Bodegas – completa Cándido.
- de la Além - refuerza Romero.
- Bien, adelante. El Sr. Payne estará gustoso de recibirlos.
Hacía años que Los López, estos, usurpaban el apellido de los otros, los famosos Peláez. No tenían parentesco ni por proximidad, pero hoy se valora más a los amigos de Facebook que a los parientes de sangre.
Avanzaron directo a su misión. No pretendían permanecer en esa finca cinco minutos más de lo que necesitaban.
A lo lejos, distinguen al actor entre la multitud, entre los olivos y el gazebo principal del brindis. Rodeado de inocuos pero ilustres visitantes de la enocultura sanjuanina. John señalaba en ese momento a los viñedos que daban al oeste, de donde saldrían sus primeros Pinot Noir. Tal como los que se conseguían en Vancouver, al norte de California. Lugar donde el actor devenido enófilo había crecido.
Con la copa levantada y señalando a la nada, John parecía la estatua de la libertad con anemia. Estos gringos son un poco estereotipados.
- Buenas noches John - dice Romero, interrumpiendo la alocución descriptiva de los viñedos sanjuaninos - es un placer conocerlo, me han hablado tanto de usted.
- Gud ívinin Ion – grita por atrás Cándido.
- Hablo perfecto el español, no se preocupen. Si le han hablado mucho de mí no crea todo lo que le dicen – manifiesta el actor, aunque se siente sublime. Con la interrupción de Los López, la gente se distrae y dispersa alrededor de la mesa de los canapés.
Romero respira hondamente, hace una pausa, mira al actor en actitud de oración.
- John, ¿usted piensa que se puede aprender a degustar un vino o es un talento innato?
El actor carraspea, levanta la copa hasta su hombro, con el brazo recto. Fija su vista en la bebida como si en ella se descubriera la verdad única e inexpugnable del vivir. El cristal le transmite la ciencia de las vides. Siente invasión de solemnidad. Está poblado de solemnidad. Nunca en Hollywood fue el centro de un copetín. Ni qué hablar de un coctel.
Cándido se encuentra de espaldas al plebiscito, mientras intenta encarcelar un trozo de parmesano con un pinche mocho como su dedo pulgar. La pregunta de su hermano es la señal. Se acerca sigilosamente, como pisando senos.
John, la copa, la penumbra del atardecer de Pocito. Cándido se coloca entre la copa y el actor, y dirige la vista precisamente a los ojos del primero. Apunta sus ojos al rastro denso, tinto, tiñendo el canal de su mirada con los francos matices que transmite la copa.
El actor siente invadido el espacio por la interferencia vítrea de Cándido. Se incomoda. Cándido sostiene la vista del actor y sonríe sin descubrir sus dientes. Como mostrando boleto al Guarda. El actor no se inmuta. Cándido muestra la dentadura. No se podría decir que completamente diáfana.
John ha sido invadido y se muestra incómodo. Interrumpido en su excelsa intervención. Cándido dibuja una leve distancia entre las filas inferiores y superiores de sus dientes. Se le arrugan las comisuras de los ojos. La frente torna rayada y se profundiza el ahuecamiento de sus mejillas. El actor respira agitadamente. Recibe el brillo mortal de la cara de Cándido. Comienza a sudar. Se siente en el epílogo de su existencia. El frío del sudor vuelve a Cándido que piensa en abrigarse. El actor siente el corazón galopando como un caballo en pendiente y sin retorno. Como dos caballos. Como un hipódromo en domingo de fiesta. Cándido se abriga. Le asusta el golpeteo que emite el pecho del actor. Piensa en asistirlo. Disparar al menos un ¿está usted bien? El actor tiembla, sus piernas apenas lo sostienen. Sus piernas tiemblan, el actor apenas las sostiene. Cándido sabe que el conjuro está surtiendo efecto. El actor suelta un quejido agudo. Cándido intenta tomarlo del brazo y cachetea la copa que, elevándose por el aire, marca tres metros treinta y cae. El actor cae a la velocidad de la copa. La copa revienta en la alfombra, el actor también. La copa libera el líquido tinto, el actor también. Romero quita suavemente el pié que había quedado bajo la mejilla helada del actor. La cabeza se acomoda inerte.
Cándido regresa con prisa a la mesa de los quesos. Consigue un pinche usado, aunque mínimamente más filoso que el anterior. Apunta al parmesano y lo apura como Quijote a los molinos.
Romero pasa por delante de Cándido, le muestra su pulgar levemente erguido. Llena un cuarto de su copa con un Weinert Malbec Estrella 1977. Apura el trago.
- Cándido, debemos partir.
- ¿Nunca podemos cenar algo antes de irnos Romero?
- No nos almorcemos la cena, Cándido.
Salen juntos, ya noche profunda en los parrales. Se acercan al auto. Cándido olvida la proximidad de la acequia.
- ¿Otra vez arrodillado en la acequia? – pregunta Romero.
Está fresco y hay perfume a pronta cosecha. A esta hora y de regreso a la ciudad, la Ruta 40 es más peligrosa. Pero ellos no conocen el significado de danger.
A lo lejos se escucha la sirena de la ambulancia mientras el celular de Romero se despacha con un ringtone de AC/DC: Burn in Hell. Habrá más trabajo este verano.