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El Pesimista

Solía ser pesimista. Claro que luego, con el paso de los años, también envejeció.
Con la friolera de los años a los cachetazos guardados, su pesimismo se acompañó con una ceguera parcial. Y algo de cojera. “Nada grave”, diría el Viejo desprevenido. 


Pensaría seguramente en los comunes padecimientos de la vejez. Pero lo que lo conducía inexorablemente a sus días más tardíos, más rápido que la biología natural, era el pesimismo. Ya con un hilo de vista insistía que a la cosa “no se la veía bien”.
 

Con el Viejo, para ganar, había que hacer cuatro goles al menos. Siempre la diferencia era peligro de empate. Su vida era peligro de empate, con invasión de campo y suspensión de partido. Cuando la Vieja murió, mientras la velaban, me acerqué y le dije: “Viejito, tenés que seguir, estamos nosotros”. El me miró y dijo seriamente: “eso es lo que me hace dudar”.
 

Pasaron un par de años y se acomodó a los espacios más vastos. Un domingo a la mañana, en el cementerio, con las manos tomadas en la espalda y caminando inclinados hacia adelante (respetaba casi con temor sus caminatas meditacionales) rompí el silencio y le dije: “y, ¿te acostumbrás a la ausencia de Mamá?”, a lo que él me contestó: “no es la ausencia de tu Madre lo que me cuesta, es mi presencia lo que no sé donde acomodar”.
 

No es que todo tiempo pasado fue mejor; es que todo lo que vive está en permanente estado de descomposición.

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