Era redactor de avisos fúnebres. Pero de carácter especial: fulminaba a quien nombrase en ellos, en plena vida.
Así discurría su tiempo, entre rayos quitavida de tinta de diario.
La muerte de la víctima ocurría en el mismo momento en que, publicado el diario, la primer persona tomaba contacto visual con el aviso. El lector fúnebre no sabía que oficiaba de Armagedón para el inocente nombrado en esas líneas. Lectura fatal, veneno en los ojos.
Inclusive, en ocasiones en que mandaba a mejor vida a alguien que le caía mal, de esos que se mandan al infierno con ganas, sin tanto plan, impulsivamente, se paraba al final de la línea de producción en la imprenta y apuraba la lectura ensuciándose las manos con tinta. Lectura rápida, deceso garantizado.
Aquel Domingo había disparado contra varios indeseables. El ingreso de un pibe nuevo, de poca experiencia y pariente directo del Gerente, lo tenía nervioso. Le transpiraban las manos. Le había pasado no mas de treinta avisos para que los escribiese y editase, mientras él cerraba su proceso mortuorio.
En un momento de la tarde, Carlitos, el pibe nuevo, le grita:
- ¿Me recordás tu nombre completo?
- ¿Recién entrás y ya te olvidaste el nombre de tu jefe? Vas mal pibe. Un día de estos te saco un aviso en nuestra sección - dijo mientras sonreía disimulando el tremendo poder que escondían esas palabras (y sus dedos). - No Jefe, sólo quiero estar seguro de escribirlo bien cuando lo necesite. Disculpe.
- No es nada pibe. Soy Mario Inés López.
- Gracias.
Cuando dijo Inés, ese maldito sello ambiguo que había heredado de su abuelo, creyó sentir como el pibe se mordía la lengua para no reír. "En cualquier momento el sobrino del Gerente palma", se prometió.
Cerró su computadora, ordenó las biromes por color, como cada día. Pasó la mano para limpiar las migas de las Lincoln con las que había acompañado un té para la cena, y se sacudió frenéticamente en el jean. Ese día no quería comer mucho.
- Buenas noches - dijo al sereno. El viejo Nardi le daba mala espina. Estaba convencido de que sospechaba de su capacidad obscura, pero nunca se hubiera animado a exponerse porque ¿Cómo salvarse de su pluma?
Caminó hacia el final de la línea de imprenta y miró contemplativamente cómo se acumulaban los diarios recién escupidos. Olor a tinta negro de humo, aceites y rodillos excitados.
Tomó el primer diario de la pila, ojeó los titulares como anticipándose a la última noticia de portada que leerían los amigos de los futuros finados. Decididamente, buscó con su índice los avisos fúnebres y empezó, como corresponde, a reventar gente de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo. En la cuarta columna, décima fila, se esperaba a sí mismo. "Mario Inés López, Fallecido el 3 de Noviembre. Sus deudos…..".
Fue lo último antes de la nada.
Luego, fue la nada.