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El que se come a los cobardes

Y esa tarde,
creeme amigo,
sin saberlo
juntábamos
litros,
toneladas,
de combustible
incendiario,
llenábamos
cunetas
con una tibia
-apenas-
esperanza
de payasos
fronterizos
de tímidos
pajueranos
siesteros confesos
rebeldes de jarilla
y pérgolas de abuelas
novias eternas
de su Italia
de su Italiano
y de los barcos.

Aquella tarde
fue una chispa
una patada
un manotón
de ahogo
gritando
instrucciones
para poner la basura
en la puerta
muerta
la puerta
de muerte natural
-en el oeste todas las muertes son naturales-
y besar
las ansias
darle cable
al amor
al dolor
al perfume a otoño
y epílogo de vendimia.

Es que los abrazos
son pocos
y los pocos
son menos
y los menos
son estos
los nuestros
los de la esquina
los de los cuentos del parque
esos de ojos
de guitarras con nylon
y faros en las manos.

Los sueños
-un día-
vinieron a clavar bandera
y nos dieron
en la ingle
en el pecho
donde
el techo
armaron
y al oído
con la lengua
afuera
nos soplaron:
"Apuren.
Parece que no,
pero ahí
anda el choco
que se come a los cobardes.
Y los tiene marcados".

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