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Le falta fuego

- ¿No le falta fuego a eso?
- ¿Fuego? A mí me gusta hacerlo lento, no es una salamandra esto....
- Qué se yo, me parece...
Como un apretón inguinal. Los comentarios acerca de la cantidad de fuego, dosis de sal o tiempo de parrilla eran para Juanito una mordida testicular.
- ¿Lo estás haciendo vos o yo? - era la pregunta de manual, la que amedrentaba, la que marcaba territorio. Era como mear las esquinas.
- No se te puede decir nada
- No, no se me puede decir lo que no se me puede decir. Esto es como que me digas "¿no deberías ponerla más seguido con tu mujer? la veo como triste". Si pelotudo, está triste por que no sabe qué mierda hacer con ella misma, no por que la pongamos o no.
- Ah, ¡viste! ¡No la ponés!
- Vos hiciste el curso de pelotudo y saliste condecorado ¿no?
Juanito tenía aversión por los comentaristas de profesión. Los amigos no son comentaristas, son filósofos circunstanciales con acceso al perfume del baño. Los tipos te pueden decir qué sienten que les pasa cuando te huelen, cuando te ven caminar. Son ácidos, claro. Pero el verdadero amigo no te rompe la magia del asado. Y en particular, el verdadero, el ver-da-de-ro amigo, no te notifica que tu mujer te pone los cuernos.
- La ví a Andrea con Luis, de nuevo.
Luis era el ex de Andrea, su primer pareja. Claro, su primero en todo lo importante cuando sos adolescente. Según el cuento del patriarca rancio, para una mujer la inauguración del sexo es algo más que una poesía mal contada y para un tipo suele ser matemática, una suma de partes a la fuerza. Pero en general las mujeres son las que eligen. Los hombres son los que aceptan. Empujan y aceptan. Aceptan y cuentan. Juanito sabía lo que fue Luis para Andrea pero no por primero. Porque ella lo quería bien. Y sabemos que el olvido es caprichoso pero su contrapartida, el recuerdo, es un grano purulento que revive sin cremas astringentes que lo sequen. Luis era eso, un grano purulento.
- Sabés que laburan en el mismo edificio, que carajo importa si se ven. Se ven, se cruzan, toman un café. Me chupa un huevo.
- Que se yo, pensé que te lo tenía que decir.
- Está bien Pedro, ¿Pero entendés que no quiere decir nada?
Pedro intentó el silencio, pero su necesidad de estar en el borde filoso de la novedad lo estremecía. Perdía dimensión del dolor que podía causar, inocentemente. Su actitud era como una fondue de pastillas de Gamexane: al principio sabe a chocolate, hasta que mordés y te intoxicás. El problema es que él creía que su parte terminaba en el chocolate, y que el veneno lo ponía el que escucha.
- Bueno, pero... los vi de la mano la semana pasada.
- ¿De la mano?
- Si, de la mano, tomando un taxi.
El salto a querer entender la trama de la tragedia de parte de Juanito fue inmediato e inconsciente.
- Excepto que para vos "tomarse la mano" sea algo natural de "compartir el mismo edificio" - los dedos índice y medio de ambas manos entrecomillaban histriónicamente la frase.
Juanito pinchaba la carne con un presión levemente mayor que de costumbre. El jugo del chorizo brotaba, burbujeaba, engrasaba las brasas, chillaba como gato arrinconado.
- Amor, avisame cuando ya estemos para servir - apareció Andrea cortando la sombra del limonero inesperadamente.
Juanito no contestó. Pedro profundizó la herida, como un Sherlock Holmes torpe, elefantiásico, cancerígeno.
- Andrea, ¿tenés el celular de Luis? Tengo que hacerle una consulta legal, por un tema de impuestos - reventó el mediodía Pedro, mirando a Andrea con cierto placer infantil, desprejuiciado. Necesitaba demostrar que ella se ponía incómoda frente a Juanito.
- ¿Luis? ¿El Negro? - quiso confirmar Andrea 
- Si, Luis. ¿Cuántos Luises tenés en agenda....?
- Pedro, Luis se fue a vivir a Colombia hace tres meses. Se divorció y consiguió un socio para abrir el estudio allá. Quería irse de acá lo más rápido posible.
Pedro se confundió. Juanito, desconcertado, miró a Pedro como buscando explicación acerca de con quién había visto a Andrea. 
- Amor, ¿Me avisas cuando esté lista la carne?. Dio media vuelta y se metió en la cocina. 
Juanito masticaba bronca. Pedro bajó la vista, tomó la copa de vino con las dos manos y, con los codos en las rodillas, se quedó mirando el fuego los siguientes treinta minutos hasta que estuvo lista la carne.
Luis murió un año más tarde, en el accidente del vuelo 52 de Avianca que volaba de Bogotá a Nueva York, el 25 de Enero de 1990. Pedro no volvió a ver a Juanito nunca más desde esa tarde. Andrea viajó a rendir el final de su maestría a Barcelona, y desde allí le escribió a Juanito: "Los chicos van a estar bien con vos. La que ya no puede estar bien con nadie soy yo. No puedo seguir con la vida que llevamos allá, necesito quedarme acá. No vengas, no me llames, ya no soy. Decile a los chicos que los amé, pero no supe cómo llevar mi vida adelante con ellos. Nada les va a pasar, van a estar bien."

Pasó el tiempo. Ese viernes, Juanito necesitaba unas horas de bar y llamó a Sofía, la mujer de siempre que cuidaba los chicos en las tardes, para asegurarse que se quedara un par de horas mas. Sofía era joven, delgada, simple en las palabras y profunda en la mirada. 
- Te pago los extras con un par de días franco. ¿Aceptas?
Sofía siempre aceptaba, mucho más por el recuerdo de Andrea que por otra cosa. Seguía extrañando a Andrea y sus cálidas mejillas rojas, el café que le invitaba en invierno y sus caminatas de acompañamiento a tomar el colectivo mientras fumaban las dos sus mentolados que Andrea gentilmente le convidaba.
Ese día, tarde, Sofía aceptó el café de Juanito cuando regresó. Y luego aceptó un cognac. Y luego las risas. Las manos. Los cuerpos.
Sofía sabía de los planes de Andrea para irse a Colombia con Luis. Mucho antes del accidente.
Luis sabía que Sofía sabía.
Andrea sabía.
Juanito se lavó los dientes, tapó a los chicos.
Sofía volvía en taxi de cortesía al barrio.
Juanito pensó en Sofía.
El libro cayó pesadamente al piso. 
La luz encendida.
En la habitación de Sofía.
La luz encendida.
En la habitación de Juanito.
El sábado se comía la madrugada con dientes viejos y amarillos.
Nadie pensaba en Barcelona. 

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