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La oruga y las alas

Temprano las orugas
Se disfrazan de mariposas
Con restos de los cuentos
Que recolectaron de madrugada
Son sus trajes un intento
De escapar del sol violento
Del rumor de la araña
De salvarse de la nada
Y de esconder su vientre matinal
Lleno de hojas que en la noche
Come y come desaforada
Sin conciencia de salvarse
De guardar
De prometerse
Un destino menos raso
Menos tierra
Menos mal

Temprano una oruga
Cuando se siente
Poco hermosa
Elige sigilosa
Los guantes y el vestido
No importa si le han mentido
O si es verano, primavera
Una oruga siempre espera
Ser mariposa en la mañana
Aun cuando el espejo
Le escupa verdades en la frente
Permanece indiferente
Y se inventa
Un par de alas

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Irse

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Salvate

Salvarse no tiene valor ni es un destino preferible a la condena / como - hoy - no lo es el paraíso por sobre el infierno ni tus palabras ante tus silencios / Salvarse - a veces - es un somnífero que la condena va a reventar  con patadas de vigilia alternándose el mando entre ojos abiertos y sueños tormenta / acordando treguas y - por momentos - confundiéndose de manera tan blanda jugosa indigna entre ellos que los sueños  diluirán la vigilia y las tormentas anidarán  en el pecho  supurando en los huecos inertes del recuerdo una nueva substancia llamada indulgencia / tan cómoda y portátil como un rosario una biblia la mala memoria  o el miedo  a amar //

Las tetas y la siesta

Hay una cierta inocencia en el andar de a pié en la siesta, bajo los paraísos. Existe una baba de olvido inherente a los pasos, el silencio de los espacios inhabitados que propone el horario. La compañía templada de nadie a los costados, la soledad fresca de la inseguridad, asociada al vacío de cuerpos reptando en los márgenes menores del otoño. Hay una absoluta importancia de los Nadies que se unen al trámite del camino. Nadies que configuran el paseo, Nadies que se paran, firmes en cada esquina, para insistir con la hora, el destino, el que será. Eso sí, los Nadies sólo habitan el pasado. El pasado inmediato, nuevo, inodoro. En general, el pasado huele. Huele a flores de perfumes antiguamente de moda. A telas de vestidos arrancados a manotazos. A aliento de rechazos. Huele a bofetadas de mañanas reventadas contra el asfalto de una borrachera injustificada, y a decenas de borracheras con cartel de "completo", como los hoteles con parejas que se aprietan los dedos de los pie...