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Marayes

que las rodillas te sangren
y las plantas (fantasmas) te envuelvan

que siete ángeles borravino
te secreteen en el pecho
cuentos de buen destino

que los truenos de las culpas
se arrastren de espalda
entre las espinas de tus verdades
y cuando cada amigo, desnudo de intereses
camine la antesala lujosa de tu preludio
indicales la puerta de entrada al infierno dulce
ese donde los animales guardados
se cocinan en caldos de solitarias ambiciones

que los trajes que cuelgas en el gran ataúd de varias puertas de tu habitación, tan madera tu ataúd,
se anuden los brazos si es que no van a tocar
la mierda real y olvidada de este mundo

que se quemen, que desaparezcan
los osos hambrientos del calendario
y que los sicarios, esos mismos de los osos
mastiquen los talones raídos del que camina sólo para acercarse
un poco más a su muerte

que un futuro promisorio
no sea castrado por el pasado prometido
fuego con el futuro, fuego con el pasado

que crezca en el camino
el valor para ahorcar la parálisis de los perros que cuidan las puertas del oro
el valor para transformar
la miseria en agua
el agua en cielo
el cielo en letras
las letras en cuento

nadie está perdido
sólo por haber nacido
donde los tanques
revientan
apenas
a veces
un sol
a la semana

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Irse

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Salvate

Salvarse no tiene valor ni es un destino preferible a la condena / como - hoy - no lo es el paraíso por sobre el infierno ni tus palabras ante tus silencios / Salvarse - a veces - es un somnífero que la condena va a reventar  con patadas de vigilia alternándose el mando entre ojos abiertos y sueños tormenta / acordando treguas y - por momentos - confundiéndose de manera tan blanda jugosa indigna entre ellos que los sueños  diluirán la vigilia y las tormentas anidarán  en el pecho  supurando en los huecos inertes del recuerdo una nueva substancia llamada indulgencia / tan cómoda y portátil como un rosario una biblia la mala memoria  o el miedo  a amar //

Las tetas y la siesta

Hay una cierta inocencia en el andar de a pié en la siesta, bajo los paraísos. Existe una baba de olvido inherente a los pasos, el silencio de los espacios inhabitados que propone el horario. La compañía templada de nadie a los costados, la soledad fresca de la inseguridad, asociada al vacío de cuerpos reptando en los márgenes menores del otoño. Hay una absoluta importancia de los Nadies que se unen al trámite del camino. Nadies que configuran el paseo, Nadies que se paran, firmes en cada esquina, para insistir con la hora, el destino, el que será. Eso sí, los Nadies sólo habitan el pasado. El pasado inmediato, nuevo, inodoro. En general, el pasado huele. Huele a flores de perfumes antiguamente de moda. A telas de vestidos arrancados a manotazos. A aliento de rechazos. Huele a bofetadas de mañanas reventadas contra el asfalto de una borrachera injustificada, y a decenas de borracheras con cartel de "completo", como los hoteles con parejas que se aprietan los dedos de los pie...