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Biromes

Biromes de piernas flacas
aliento a hospicio
ojos ausentes de memoria
Biromes que apenas lloran
con trazos que se desgranan
en granos que se inmolan
y frases desencajadas
de flores sin pétalos que nunca volarán
a tu mesa de luz, tu libro viejo, tu celofán

Biromes de promesas rotas
de ciertas horas con ciertas rosas
que guardan gotas de amor nonato
que silencian finales austeros, ingratos
explotan bombas de ojos sangre
explotan brazos, labios de hambre

Biromes frías, amedrentadas
de tinta dura, de tinta amarga

Biromes muertas, sin las visitas
sin inspectores que cumplan citas

Biromes faltan
Biromes mueren
Biromes saltan
muerden
arden
con ese ardor
de los perros
cuando muerden
el recuerdo
amor.

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Irse

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Salvate

Salvarse no tiene valor ni es un destino preferible a la condena / como - hoy - no lo es el paraíso por sobre el infierno ni tus palabras ante tus silencios / Salvarse - a veces - es un somnífero que la condena va a reventar  con patadas de vigilia alternándose el mando entre ojos abiertos y sueños tormenta / acordando treguas y - por momentos - confundiéndose de manera tan blanda jugosa indigna entre ellos que los sueños  diluirán la vigilia y las tormentas anidarán  en el pecho  supurando en los huecos inertes del recuerdo una nueva substancia llamada indulgencia / tan cómoda y portátil como un rosario una biblia la mala memoria  o el miedo  a amar //

Las tetas y la siesta

Hay una cierta inocencia en el andar de a pié en la siesta, bajo los paraísos. Existe una baba de olvido inherente a los pasos, el silencio de los espacios inhabitados que propone el horario. La compañía templada de nadie a los costados, la soledad fresca de la inseguridad, asociada al vacío de cuerpos reptando en los márgenes menores del otoño. Hay una absoluta importancia de los Nadies que se unen al trámite del camino. Nadies que configuran el paseo, Nadies que se paran, firmes en cada esquina, para insistir con la hora, el destino, el que será. Eso sí, los Nadies sólo habitan el pasado. El pasado inmediato, nuevo, inodoro. En general, el pasado huele. Huele a flores de perfumes antiguamente de moda. A telas de vestidos arrancados a manotazos. A aliento de rechazos. Huele a bofetadas de mañanas reventadas contra el asfalto de una borrachera injustificada, y a decenas de borracheras con cartel de "completo", como los hoteles con parejas que se aprietan los dedos de los pie...