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Don't want to

No quiero crecer
no soporto
espacios reducidos
de sal y pimienta
no quiero menos sol
ni rincones de penitencia
es que no quiero crecer y lo repito
por que no quiero ser terco
o rico
pero soy terco
y no rico
porque no quiero crecer
y me quedo en el rincón
cantando guitarras del mar
y tintos vinos que gritan
al aire: no vas a crecer no te preocupes
aunque sé que ellos mienten
una prima me lo confesó
antes de huir con el soldado griego
y dejarme el barco de papel
con el que incendio
los domingos a la mañana
la ilusión de no quiero crecer
y tampoco quiero
espacios reducidos
de cielo y tormenta
no quiero menos sol
ni rincones de penitencia
es que no quiero ser adulto
y entender el mundo
con los lentes de la sabiduría
de la piel gruesa
de las balanzas
que todo pesan
y distribuyen el buen sentido
el sinsentido
el antibiótico
con el que la edad
muerde los cuellos
de los razonables
ratones o
tigres o
elefantes o
al fin
que más da.

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Irse

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Salvate

Salvarse no tiene valor ni es un destino preferible a la condena / como - hoy - no lo es el paraíso por sobre el infierno ni tus palabras ante tus silencios / Salvarse - a veces - es un somnífero que la condena va a reventar  con patadas de vigilia alternándose el mando entre ojos abiertos y sueños tormenta / acordando treguas y - por momentos - confundiéndose de manera tan blanda jugosa indigna entre ellos que los sueños  diluirán la vigilia y las tormentas anidarán  en el pecho  supurando en los huecos inertes del recuerdo una nueva substancia llamada indulgencia / tan cómoda y portátil como un rosario una biblia la mala memoria  o el miedo  a amar //

Las tetas y la siesta

Hay una cierta inocencia en el andar de a pié en la siesta, bajo los paraísos. Existe una baba de olvido inherente a los pasos, el silencio de los espacios inhabitados que propone el horario. La compañía templada de nadie a los costados, la soledad fresca de la inseguridad, asociada al vacío de cuerpos reptando en los márgenes menores del otoño. Hay una absoluta importancia de los Nadies que se unen al trámite del camino. Nadies que configuran el paseo, Nadies que se paran, firmes en cada esquina, para insistir con la hora, el destino, el que será. Eso sí, los Nadies sólo habitan el pasado. El pasado inmediato, nuevo, inodoro. En general, el pasado huele. Huele a flores de perfumes antiguamente de moda. A telas de vestidos arrancados a manotazos. A aliento de rechazos. Huele a bofetadas de mañanas reventadas contra el asfalto de una borrachera injustificada, y a decenas de borracheras con cartel de "completo", como los hoteles con parejas que se aprietan los dedos de los pie...