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El cajón, el hamster y el demonio

La habitación comenzaba en las aristas donde la madera del piso mordía el zócalo de cemento. Se incrustaba en el universo esa habitación, sin ningún anticipo.
La casa tenía la edad de un adulto joven, aunque carente de siliconas o barba rala. Cuando Tomás decidió irse a vivir a la casa, tuvo que hacer una terrible limpieza de cacharros. Eran como satélites orbitando en las habitaciones, los baños y pasillos. Aunque lo que más le extrañó era el tema de los cajones. Los cajones se negaban a dar la cara. Les habían quitado las manijas a todos. Le llevó meses recuperarlos. Cuando llegó al año de vivir en la casa, pudo decir que los cajones habían recuperado vida: con sus respectivas manijas, sus barnices satinados, sus bordes corriendo como con aceite. Excepto uno.


 -    No hay caso che, no abre.
 -    ¿Estaba así cuando llegaste a la casa?
 -    Si, hace siete años que esta así. Hermético. No hay forma de abrirlo.
 -    Que drama. La verdad que es un drama.
 -    Imaginate. El ruido que sale de ahí por momentos te da pánico.
 -    Pánico. Que drama, que drama che. Pánico, es de locos.
 -    El tema es que no hay manera de llegar por la habitación de atrás porque justo está la columna y el placard antes de la columna. Es más caro tirar la casa abajo que buscar abrirlo por ahí.
 -    Me dejaste pensando en el tema del ruido. ¿Es como si fuera un animal?
 -    Es muy raro. Si es un animal no es de los que salen en el Animal Planet o en el Discovery Chandrel.
 -    Channel.
En los canales de animales, los animales son tratados como personas. En los canales de personas, las personas son tratadas como animales. Las personas tienen problemas como animales y los animales son tratados por psicólogos, masajistas y alimentados por chefs.  Tomás, que no era animal y a menudo era tratado como persona, había desandado horas interminables de trasnoche en Infinito, Paranormal TV, History Channel y algún que otro panfleto de la metafísica y la supranormalidad. No había dado ni de cerca con alguna explicación, antecedente o referencia relacionable con su cajón silbador.

 -    ¿Es como un silbido?
 -    Es como una armónica, pero nada que ver. Como un resoplido de muchas voces de niños. ¿Viste los coros esos de pibes de Europa? Bueno, así pero saliendo desde adentro de un tubo o un elefante. Así.
 -    Y tiene justo esos huequitos ahí en la manija. ¿Tenía manija esto?
 -    Desde que llegué no. Pero justo ese es el tema; en la foto que encontramos en la pieza del fondo de la mujer que vivía acá, aparece ella en la cama y su hija sentada al lado cuidándola.
 -    Ajá.
 -    Y en el medio de las dos se ve el cajón.
 -    Anecdótico.
 -    No Luis, no es joda. En el cajón, donde va la manija se ven dos ojos, muy claramente.
 -    Claro, lo imaginaba. ¿Con lentes?
 -    La verdad, no tengo que explicarte nada. Si crees, bien. Si no, cosa tuya. Eran ojos con pupilas iridiscentes.
 -    ¿Ojos Tomás? ¿Ojos? No jodas. Yo creo que el tema es pura sugestión y que el ruido es porque entra aire entre el mueble y la pared por algún respiradero que hay en el techo. La convección provoca corriente de aire y eso hace ese canto que escuchas.
 -    ¿Me estás cargando? Soy profesor de física Luis. ¿Vos pensás que no consideré cualquier fenómeno natural antes de pensar en el tema del exorcismo?
 -    Bueno, es que me resulta tan raro exorcizar un cajón…
-    No es el cajón, Luis. Es el espacio, el contenido, lo metafísico que esa área alberga.
 -    …
-    Teléfono, disculpame.
 -    …
-    Era el Exorcista que llamé ayer. Dice que tuvo un problema con un laburo que está terminando ahora, que no va a poder venir hoy. Parece que le sacó el demonio a un hámster, pero se le metió en el baño y no lo pueden sacar. Les abrió el agua y está inundando todo. No hay forma de pararlo, dice.

 -    ¿Se les metió el hámster en el baño?
 -    No, el demonio.
 -    Uh, con la presión de agua de la noche. Lindo despelote.
 -    Que hago ahora...
 -    ¿Querés que me quede a dormir con vos?
 -    No Luis, hace siete años que lo del cajón está igual.
 -    Bueno, te aguanto hasta que empiece a cantar y me voy. Quiero escucharlo.
 -    No vas a ser el mismo después.
 -    Bueno, uno nunca es el mismo al día siguiente. Aunque no te silben cajones con ojos.
 -    ¿Caliento agua para un te?
 -    Dale.
Lo que siguió a esto no es tan relevante. Tener un cajón que silbe, un pájaro que llore, un pez que pestañee o un elefante que vuele no es lo extraordinario. Lo fuera de lo común es aquello inaudito que ingresa en la normalidad disfrazado de ausencia. Lo que en realidad no tenía Tomás, era alguien que le silbe al oído.

 

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