Basta con cocer los restos
de anoche
en el caldo de la incertidumbre
y desayunar cada día
en ese jarro descascarado
compañero, afecto a los líquidos
borramemoria
para que el día esterilizado
te reviente el pecho
con las ansias
de no recordar
no saber
no creer
que todo pasado fue mejor
si, al fin, todo pasado fue solo pasado
y todo lo mejor fue tapado
por las gentiles mantas
del olvido
antibiótico
frenético
hermético
que nos reparte cartas
una y otra vez
cada vez que las pestañas
aplauden
contra el flojo
corazón.
Nota : Esta es una historia que nace en la Calle Billinghurst. 1er Acto: El teatro Fui al teatro de puro compromiso. Odio sacar entradas y luego no ir. No podía tirar la plata y además me sentía casi bien. Entré a cinco minutos de que empiece la función, fui a la fila 19 y ella se sentó al lado mío. Esas pestañas, esas manos, ese cuerpo. Atenta a todo. A todos. Me desafía la deconstrucción pero hay tetas que se sobreponen a eso. En ese momento recuerdo que no voy al baño desde antes de salir de la casa. Como siempre, me meo. Pero decido no ir, ya habrá tiempo. - Hola, ¿este programa es tuyo? - Le dije mientras levantaba el papel del piso donde figuraba mal impreso el elenco y el resto de la información. - Si, ¡gracias! Lo perdí... -Vi que se te cayó, por eso... - ¿Debería darte propina? - Soltó una sonrisa que me pegó una trompada de felicidad. Pero no supe ni siquiera cómo sonreír. Hace tiempo no sé ni por dónde empezar. El viejo modo de hablar con una mujer no me sale, el nuevo no lo...