En la pensión ya nadie rondaba los pasillos. Los manteles de las mesas del comedor, abandonadas no hace tanto, aún disimulaban restos menores de algunas cenas. Una ducha abierta con fuerza de combate se oía como un centinela del deber, preparando algún cuerpo para el olvido temporal del sueño.
En la antesala, el televisor retumbaba en la cavidad ósea del cráneo. Golpeaba. Un viejo televisor, de pantalla casi ovalada. Color saturado, sonido deforme, metálico.
Arturo, sobre el borde de la ventana, rezaba. Mejor, conversaba con alguien a quien le pedía innumerables cosas. Diferentes, grandes, pequeñas, algunas también saturadas. Deformes. Metálicas.
El televisor no cesaba su carnaval. Era una carrera sin frenos hacia la misma locura. El aturdimiento final.
En su habitación, Greta escribía en su notebook. En esa habitación madera y penumbrosa, no podía contenerse de escribir. Aún con un par de teclas en rebelión que intentaban impedirlo. Ella escupía en palabras el cuerpo longilíneo de un hombre. Contaba sus costillas, el sabor de su saliva, la aureola de las tetillas, el monte de su esternón, la depresión de su escotadura yugular. Allí mismo donde ella jugaba con su pera. Era su hombre, en ese momento. Absolutamente suyo.
Arturo era interferido levemente por el tecleo de Greta. Aunque tenía tremendos pedidos para organizar su día siguiente, por lo que no podía parar. Y elegía la ventana por que en el sudor que la calefacción provocaba sobre el vidrio encontraba inspiración. A Arturo lo motivaban las superficies mojadas, en particular esa condensación de la humedad del aire que formaba diminutas nubes privadas sobre la ventana, cercanas, incoloras.
Tiene, centímetros antes de sus nalgas, subiendo desde desde sus pantorrillas, sabor a naranja. No puedo definir si siempre lo tuvo, pero puedo aseverar que hoy sabe a naranja. Entonces Greta dudaba con sus dedos y remataba segundos después algo como Aún cuando en ocasiones las naranjas enceguecen los ojos, o provocan olvido, o empuñan los dedos de las manos con su acidez, esta naranja hoy es dulce y plena de líquido. Es una naranja luna. Naranja mar. Naranja Dios.
Arturo cesó repentinamente su oración. Algo en la televisión había impedido, casi mecánicamente, que continúe. Observó atentamente la pantalla. La imagen era una pintura. El cuerpo desnudo de aquella mujer sentada, con sus manos en los pechos y mirándolo fijamente era perturbante. Tenía dos pronunciadas hendiduras a cada lado de su ombligo. De hombros rectos, huesudos. Brazos largos, delgados. Vellos suaves en los antebrazos. Piernas como ramas de una planta muy fuerte. Intentó en vano retomar la oración. Una vez. Dos veces.
El ahora está sentado. Me mira fijamente. Tengo toda la sensación de que me domina sin atenuantes. No puedo con él. Su cuerpo desnudo, vulgar e indefenso a la vez. Sus manos sobre las rodillas. Las piernas abiertas. Su cabeza erguida.
El martilleo de las teclas intentó distraer a Arturo de aquella imagen. La mujer ahora había abierto las piernas. Las hojas del naranjo ardían en el fuego del hogar de la pensión, ya casi reducido a sólo brasas. La mujer de la pantalla extendía sus brazos y descansaba las manos en sus rodillas. Los pechos se reflejaban distorsionados en las gotas isleñas del vidrio de la oración. Del ahora solitario vidrio de la ventana.
Me siento en él, dentro de él, siendo él. No distingo el espacio entre la naranja de sus muslos y el aroma a limón de su cuello. Mi saliva es su misma sangre. No puedo abrir los ojos. No siento deseos de abrirlos.
El sudor de Arturo se acentuó en las manos, y sintió un leve ahogo que distrajo quitándose el saco que llevaba, cada noche, sobre su camisa blanca de puños gastados. La oración y la lista de necesidades había sido reemplazada por los pechos de una nueva plegaria. Ojos cerrados, ya no había sonido alguno en la noche de la casa de alquiler. El aroma a cítrico era placentero. El aire era cálido y su espalda, raramente, no dolía en absoluto.
Greta sorbió café. Enredada en la imagen que describía, lo hizo con los ojos cerrados y el cuerpo templado. Se quitó la ropa, prenda a prenda, muy lento.
Arturo estaba en un extremo equilibrio. No había más universo en ese instante que él mismo con esa imagen y las brasas y las piernas y su hoy en aquella mujer.
Tendida ya en la cama, Greta estiró la mano y bajó la pantalla de su vieja notebook sobre el teclado.
Un aire helado, blanco, repentino, arrugó la cara de Arturo. Una tremenda sensación a ausencia lo hizo abrazarse a sí mismo buscando abrigo.
Abrió los ojos con una incomodidad de espinas en los párpados. Allí, en el televisor, había ahora una publicidad de un aparato reductor de abdominales a un volumen estridente.
Caminó cansinamente, arrastrando sus pies, hasta la ventana. Pasó la mano sobre el vidrio.
A lo lejos, sobre la ruta, pasaba un auto muy viejo, con poca luz.
"Greta debe haber terminado de escribir, por hoy", pensó.
Apagó el televisor desenchufándolo.
Con la mente ausente de oraciones y de mujeres, se dejó caer sobre el sillón.
En la antesala, el televisor retumbaba en la cavidad ósea del cráneo. Golpeaba. Un viejo televisor, de pantalla casi ovalada. Color saturado, sonido deforme, metálico.
Arturo, sobre el borde de la ventana, rezaba. Mejor, conversaba con alguien a quien le pedía innumerables cosas. Diferentes, grandes, pequeñas, algunas también saturadas. Deformes. Metálicas.
El televisor no cesaba su carnaval. Era una carrera sin frenos hacia la misma locura. El aturdimiento final.
En su habitación, Greta escribía en su notebook. En esa habitación madera y penumbrosa, no podía contenerse de escribir. Aún con un par de teclas en rebelión que intentaban impedirlo. Ella escupía en palabras el cuerpo longilíneo de un hombre. Contaba sus costillas, el sabor de su saliva, la aureola de las tetillas, el monte de su esternón, la depresión de su escotadura yugular. Allí mismo donde ella jugaba con su pera. Era su hombre, en ese momento. Absolutamente suyo.
Arturo era interferido levemente por el tecleo de Greta. Aunque tenía tremendos pedidos para organizar su día siguiente, por lo que no podía parar. Y elegía la ventana por que en el sudor que la calefacción provocaba sobre el vidrio encontraba inspiración. A Arturo lo motivaban las superficies mojadas, en particular esa condensación de la humedad del aire que formaba diminutas nubes privadas sobre la ventana, cercanas, incoloras.
Tiene, centímetros antes de sus nalgas, subiendo desde desde sus pantorrillas, sabor a naranja. No puedo definir si siempre lo tuvo, pero puedo aseverar que hoy sabe a naranja. Entonces Greta dudaba con sus dedos y remataba segundos después algo como Aún cuando en ocasiones las naranjas enceguecen los ojos, o provocan olvido, o empuñan los dedos de las manos con su acidez, esta naranja hoy es dulce y plena de líquido. Es una naranja luna. Naranja mar. Naranja Dios.
Arturo cesó repentinamente su oración. Algo en la televisión había impedido, casi mecánicamente, que continúe. Observó atentamente la pantalla. La imagen era una pintura. El cuerpo desnudo de aquella mujer sentada, con sus manos en los pechos y mirándolo fijamente era perturbante. Tenía dos pronunciadas hendiduras a cada lado de su ombligo. De hombros rectos, huesudos. Brazos largos, delgados. Vellos suaves en los antebrazos. Piernas como ramas de una planta muy fuerte. Intentó en vano retomar la oración. Una vez. Dos veces.
El ahora está sentado. Me mira fijamente. Tengo toda la sensación de que me domina sin atenuantes. No puedo con él. Su cuerpo desnudo, vulgar e indefenso a la vez. Sus manos sobre las rodillas. Las piernas abiertas. Su cabeza erguida.
El martilleo de las teclas intentó distraer a Arturo de aquella imagen. La mujer ahora había abierto las piernas. Las hojas del naranjo ardían en el fuego del hogar de la pensión, ya casi reducido a sólo brasas. La mujer de la pantalla extendía sus brazos y descansaba las manos en sus rodillas. Los pechos se reflejaban distorsionados en las gotas isleñas del vidrio de la oración. Del ahora solitario vidrio de la ventana.
Me siento en él, dentro de él, siendo él. No distingo el espacio entre la naranja de sus muslos y el aroma a limón de su cuello. Mi saliva es su misma sangre. No puedo abrir los ojos. No siento deseos de abrirlos.
El sudor de Arturo se acentuó en las manos, y sintió un leve ahogo que distrajo quitándose el saco que llevaba, cada noche, sobre su camisa blanca de puños gastados. La oración y la lista de necesidades había sido reemplazada por los pechos de una nueva plegaria. Ojos cerrados, ya no había sonido alguno en la noche de la casa de alquiler. El aroma a cítrico era placentero. El aire era cálido y su espalda, raramente, no dolía en absoluto.
Greta sorbió café. Enredada en la imagen que describía, lo hizo con los ojos cerrados y el cuerpo templado. Se quitó la ropa, prenda a prenda, muy lento.
Arturo estaba en un extremo equilibrio. No había más universo en ese instante que él mismo con esa imagen y las brasas y las piernas y su hoy en aquella mujer.
Tendida ya en la cama, Greta estiró la mano y bajó la pantalla de su vieja notebook sobre el teclado.
Un aire helado, blanco, repentino, arrugó la cara de Arturo. Una tremenda sensación a ausencia lo hizo abrazarse a sí mismo buscando abrigo.
Abrió los ojos con una incomodidad de espinas en los párpados. Allí, en el televisor, había ahora una publicidad de un aparato reductor de abdominales a un volumen estridente.
Caminó cansinamente, arrastrando sus pies, hasta la ventana. Pasó la mano sobre el vidrio.
A lo lejos, sobre la ruta, pasaba un auto muy viejo, con poca luz.
"Greta debe haber terminado de escribir, por hoy", pensó.
Apagó el televisor desenchufándolo.
Con la mente ausente de oraciones y de mujeres, se dejó caer sobre el sillón.