Sin sincronismo. Un día, no tanto tiempo atrás, la comunicación entre los humanos se tornó asincrónica. El mecanismo era simple: suelto las palabras, las percibes. Las procesas, mides el impulso de la respuesta. Coordinas el sentimiento. Fríes los golpes en tu aceite, hundes los dulces en el agua tibia del recuerdo corto.
No hay entonces un pre-acuerdo de entendernos.
Alguien, nosotros, muchos, decidimos que comunicarse era soltar palabras y dejarlas caer en la almohada de la respuesta ocasional y operada.
Hubo, en épocas no tan atrás en el tiempo, ámbitos donde esto era maravilloso: el intercambio epistolar de generosas cartas de amor. Largas radiografías escritas en negro sobre blanco, descarnadas, sudorosas, que hablaban de amores tormentosos, ahogados, henchidos, vegetales, sanguíneos, tractores, heridos, eternos, minúsculos, nublados, intensos, húmedos, humorosos, necesarios, abiertos, ahorcados, viajeros, viajantes, viejos, ventosos. Jugaban estas cartas con el ansia de plazos largos, con la incertidumbre del amor y del odio, a espacios más sensatos para construir, pesar, elaborar las relaciones entre los humanos.
No queremos más hablar. Tememos hablar. Se le teme al que habla, tememos a nosotros improvisando palabras humedecidas con el aliento del momento. Tememos escucharnos, ya ni siquiera escuchar. Nuestra vida entera se está escribiendo en cortos textos empobrecidos. Recargados.
Aguada la historia. Disueltos nosotros.
No me lo digas.
Dejame elegir cómo contamino mi encierro, tan necesario, cuando tengo miedo de abrir las piernas al mundo.
Al menos de mi encierro soy dueño.
Y tu voz es un ruido que no puedo soportar.
No puedo.
Un ruido.
No es un canto.
Un ruido.
Y no sé cómo filtrar.
Aunque sí se cómo eliminarlo o mirarlo de reojo, en el inbox de mis espejos.
No hay entonces un pre-acuerdo de entendernos.
Alguien, nosotros, muchos, decidimos que comunicarse era soltar palabras y dejarlas caer en la almohada de la respuesta ocasional y operada.
Hubo, en épocas no tan atrás en el tiempo, ámbitos donde esto era maravilloso: el intercambio epistolar de generosas cartas de amor. Largas radiografías escritas en negro sobre blanco, descarnadas, sudorosas, que hablaban de amores tormentosos, ahogados, henchidos, vegetales, sanguíneos, tractores, heridos, eternos, minúsculos, nublados, intensos, húmedos, humorosos, necesarios, abiertos, ahorcados, viajeros, viajantes, viejos, ventosos. Jugaban estas cartas con el ansia de plazos largos, con la incertidumbre del amor y del odio, a espacios más sensatos para construir, pesar, elaborar las relaciones entre los humanos.
No queremos más hablar. Tememos hablar. Se le teme al que habla, tememos a nosotros improvisando palabras humedecidas con el aliento del momento. Tememos escucharnos, ya ni siquiera escuchar. Nuestra vida entera se está escribiendo en cortos textos empobrecidos. Recargados.
Aguada la historia. Disueltos nosotros.
No me lo digas.
Dejame elegir cómo contamino mi encierro, tan necesario, cuando tengo miedo de abrir las piernas al mundo.
Al menos de mi encierro soy dueño.
Y tu voz es un ruido que no puedo soportar.
No puedo.
Un ruido.
No es un canto.
Un ruido.
Y no sé cómo filtrar.
Aunque sí se cómo eliminarlo o mirarlo de reojo, en el inbox de mis espejos.