Tenía las manos duras como piedras. Definitivamente no podía moverlas. Le ocurría de manera sistemática minutos después de dormirse. O de creerse dormido. Se volvían tan duras sus manos que la impotencia le provocaba espasmos, incontrolables saltos en la cama. Su sueño era pesado, confuso, pero aún así le ocurría. Poco podía entender acerca de esa parálisis. Sin embargo, aún a pesar de casi no detectarlas, dibujaba la forma de ellas mentalmente, en el aire semioscuro. Detectaba en las sábanas el límite de sus dedos. Inclusive podía olerlos sin acercarlos a su cara. Sus dedos eran como cuentos viejos, pesadas ramas de algarrobo, formaciones de coral, montones de basura seca, coágulos ajenos. Todo eso a la vez y por separado. Ese olor visitante que lo invadía.
Se preguntaba por qué los dedos. Por qué los dedos y no las piernas. O las nalgas o los ojos. Por qué no la frente. Pero cada noche se repetía lo mismo, los dedos.
La sospecha ordinaria de que la muerte empezaba por las manos ya lo había aburrido. Era rutina el "estoy empezando a morir" que se dictaba a sí mismo. Mas no había muerte ni moribundo. O quizás eso ya había ocurrido y el resto de su vida no era vida propiamente dicha, sino el espejo barato de una vida prestada.
Su trabajo diario en la mesa de entrada del hospital, el café temprano, muy temprano, en la taza amarilla, la tostada con miel y, de vez en cuando, manteca. Las vitaminas que el médico del hospital le recetó hace ya cinco años y nunca dejó de tomar. Por temor a derrumbarse. Por certeza de ya haberse derrumbado. El pantalón gris, de algodón, planchado prolijamente. La camiseta sin mangas y la camisa celeste sobre ella. La de los puños gastados, para qué comprar otra. De cualquier manera se doblaba los puños apenas llegaba. Es que la tinta de los sellos generalmente terminaba en las mangas y las muñecas. Los zapatos negros, punta chata, lustrados con betún y cepillo cubriendo las grietas de antiguos bailes. El cinturón de hebilla dorada y un par de huecos agregados con un clavo caliente. Había adelgazado. Los últimos dos años había enflaquecido tenazmente. Tensamente. No sentía ya el mismo deseo de comer que antes, cuando Clara aún estaba con él. Quizás la referencia a Clara es algo antojadiza, pero vale como punto de partida de su languidez. Desde ese momento el hambre. Desde ese momento las manos. Desde ese momento el sueño pesado.
El olfato también era nuevo. Sentía el aire cítrico, ácido durante el día. Y dulce, tabaco durante la noche. En especial cuando se sentaba en el balcón a mirar las señoras del barrio pasear a los perros. Lo solía hacer en los días cálidos, después de cenar. Los pibes de la esquina, el ritual de los ruidos de la persiana de la farmacia, las señoras y los perros, unos pocos autos con su pasar sin más registro que las ruedas duras contra los rebordes del asfalto viejo. Pero lo cítrico y lo dulce tornaban en un vaho lúgubre y mortecino cuando sus manos endurecían. Aquel ambiente le recordaba a la morgue del hospital cuando bajaba a llevar el papelerío de los muertos.
Cada medianoche, sentado en el borde de la cama con su pijama de dos piezas y el vaso de agua en la mesa pequeña, pensaba en ella de manera fugaz y se acostaba prolijamente. Dos almohadas apiladas. Luz muy tenue. Miraba unos minutos el techo, se dejaba ir. La sensación era horrible, despertaba convulsionado. Ahí era cuando lo notaba, las manos como elefantes. Como con raíces. Secas. Muertas. "Me busca Clarita", pensó en un principio. Nada podía hacer y nada pasaba, hasta que se dormía nuevamente.
Muy espaciadamente soñaba con aquella siesta en que volvió más temprano de la guardia. Desde el primer día le había dejado claro cómo quería que fueran las cosas.
Pero Clarita tenía sus escapes. Sus controladas rebeliones.
Sus manos en el cuello cerraron el acuerdo. Fueron la tenaza que afirmaba los límites. Luego el fuego y las cenizas en la caja de madera bajo la cama.
Hasta el día de hoy. Y las manos duras cada noche. Esa insoportable parálisis.
En la mañana el café, la camisa, el colectivo y el hospital.
Hace tiempo ya nadie pregunta por ella.
Aunque se nota en el cuello de la camisa, que Clara ya no está en la casa.
Al menos, como solía estar antes.
Se preguntaba por qué los dedos. Por qué los dedos y no las piernas. O las nalgas o los ojos. Por qué no la frente. Pero cada noche se repetía lo mismo, los dedos.
La sospecha ordinaria de que la muerte empezaba por las manos ya lo había aburrido. Era rutina el "estoy empezando a morir" que se dictaba a sí mismo. Mas no había muerte ni moribundo. O quizás eso ya había ocurrido y el resto de su vida no era vida propiamente dicha, sino el espejo barato de una vida prestada.
Su trabajo diario en la mesa de entrada del hospital, el café temprano, muy temprano, en la taza amarilla, la tostada con miel y, de vez en cuando, manteca. Las vitaminas que el médico del hospital le recetó hace ya cinco años y nunca dejó de tomar. Por temor a derrumbarse. Por certeza de ya haberse derrumbado. El pantalón gris, de algodón, planchado prolijamente. La camiseta sin mangas y la camisa celeste sobre ella. La de los puños gastados, para qué comprar otra. De cualquier manera se doblaba los puños apenas llegaba. Es que la tinta de los sellos generalmente terminaba en las mangas y las muñecas. Los zapatos negros, punta chata, lustrados con betún y cepillo cubriendo las grietas de antiguos bailes. El cinturón de hebilla dorada y un par de huecos agregados con un clavo caliente. Había adelgazado. Los últimos dos años había enflaquecido tenazmente. Tensamente. No sentía ya el mismo deseo de comer que antes, cuando Clara aún estaba con él. Quizás la referencia a Clara es algo antojadiza, pero vale como punto de partida de su languidez. Desde ese momento el hambre. Desde ese momento las manos. Desde ese momento el sueño pesado.
El olfato también era nuevo. Sentía el aire cítrico, ácido durante el día. Y dulce, tabaco durante la noche. En especial cuando se sentaba en el balcón a mirar las señoras del barrio pasear a los perros. Lo solía hacer en los días cálidos, después de cenar. Los pibes de la esquina, el ritual de los ruidos de la persiana de la farmacia, las señoras y los perros, unos pocos autos con su pasar sin más registro que las ruedas duras contra los rebordes del asfalto viejo. Pero lo cítrico y lo dulce tornaban en un vaho lúgubre y mortecino cuando sus manos endurecían. Aquel ambiente le recordaba a la morgue del hospital cuando bajaba a llevar el papelerío de los muertos.
Cada medianoche, sentado en el borde de la cama con su pijama de dos piezas y el vaso de agua en la mesa pequeña, pensaba en ella de manera fugaz y se acostaba prolijamente. Dos almohadas apiladas. Luz muy tenue. Miraba unos minutos el techo, se dejaba ir. La sensación era horrible, despertaba convulsionado. Ahí era cuando lo notaba, las manos como elefantes. Como con raíces. Secas. Muertas. "Me busca Clarita", pensó en un principio. Nada podía hacer y nada pasaba, hasta que se dormía nuevamente.
Muy espaciadamente soñaba con aquella siesta en que volvió más temprano de la guardia. Desde el primer día le había dejado claro cómo quería que fueran las cosas.
Pero Clarita tenía sus escapes. Sus controladas rebeliones.
Sus manos en el cuello cerraron el acuerdo. Fueron la tenaza que afirmaba los límites. Luego el fuego y las cenizas en la caja de madera bajo la cama.
Hasta el día de hoy. Y las manos duras cada noche. Esa insoportable parálisis.
En la mañana el café, la camisa, el colectivo y el hospital.
Hace tiempo ya nadie pregunta por ella.
Aunque se nota en el cuello de la camisa, que Clara ya no está en la casa.
Al menos, como solía estar antes.