Hacía días que los zapatos le jodían en el empeine. Justo ahí. “Son las plantillas viejas” pensó. Habría que cambiarlas por tercera vez. Las suelas, de goma beige, eran gelatina. El calor las fundía. Pero deberían esperar un rato más. Las medias nuevas, compradas en el colectivo camino al kiosco, su trabajo actual. No lo olvida porque ese mismo día el vendedor, un pibe peinado con gel, campera de jean y remera blanca lavada a mano, le había insistido que se lleve dos pares de una manera en que no pudo negarse.
- ¿Y eso que tenés ahí qué es?- Unas libretitas de Kitty para nenas, para dibujar, las llevan mucho...
- Para que dibujen..., está bien..., y ¿tenés lápices de colores?
- No jefe, no me quedaron
- Bueno, dame la libretita y las medias
Esa misma mañana, frente al kiosco, consiguió una caja de lápices cortos de colores, de seis. Ya tenía para el domingo. Se los iba a dar antes de llevarla al circo el fin de semana. Soledad lo esperaba, cada domingo a la tarde, con algo más que ganas de ver a Papá. Era inevitable no sucumbir ante sus ojos de espera, de ánimo de regalo, y sus brazos en jarra en el jardín de la antigua casa de barrio Las Flores. Temblores que se recordaban, temblores para guardar . Eso era lo que sentía Martín cada vez que se acercaba caminando por la vereda angosta, de acequias secas. Camino de moras, álamos y plátanos. Camino a casa de Soledad, a ahuyentar su soledad, a mimar a Su Soledad.
Nunca había tenido buena relación con Susana, la madre de Soledad, que alguna vez había sido su musa única, cristalina y compleja, naranja y henchida de historias por caminar. Quizás el error había sido nunca haber aceptado la idea de formar una familia tradicional, canónica, conservadora. Cuando Soledad había presionado para que se muden a intentar una vida juntos, con la beba recién asomada, Martín había decidido viajar a probar suerte a los States. Estados Unidos puede ser una medicina. Y también puede estar mal prescripta. Cuando Martín llegó a New Orleans, antes de mudarse a San Diego, le dio la sensación de estar en el paraíso y vestido de ángel. "Apenas llegás te parece que nada será mejor, que todo irá bien. Son todos de lugares tan diferentes, es todo tan poco extraño y tan distinto a la vez, que nada puede marcarte como indeseable. Parece que hubiera árboles para cada nido."
Piloteó sus primeros meses en la lavandería de un hotel de gran turismo y luego jugó como bartender en el mismo lugar. Juanito, su amigo del barrio de la infancia, lo contactó con un conocido en San Diego, y a través de éste logró escribir en el San Diego Reader. Martín había escrito mucho tiempo en revistas y diarios del interior de Argentina; hasta se había dado el gusto de editar un austero libro de cuentos de manera independiente. Entre eso y dar clase en la Escuela Técnica Provincial número 5 se las rebuscaba por aquel entonces.
Durante su recorrido por el norte, ese gran norte, Soledad era casi imperceptible en sus recuerdos. No la descubría en sus mínimos espacios íntimos de melancolía. Era tan pequeña, habían compartido tan poco. Siempre dudó si su partida era un escape forzoso, la negación al carné de padre de familia, la confirmación de que Susana había perdido toda su magia desde que se vistió de madre, o todo lo anterior junto y mezclado.
Con los años comiéndole los talones y el apuro por llegar a ningún lugar concreto, no terminó bien en San Diego. "Problemas de mujeres", insistía. Hacía ya un año que tenía una relación con Antonia, su compañera de redacción. Antonia era amante de uno de los dueños del periódico y redactora de la sección de espectáculos. Con Martín se descubrieron un viernes muy tarde, en la oficina, mientras se preparaban un café y revisaban las últimas horas de escritura antes del número de la madrugada. Se descubrieron muy tarde literalmente, no tanto por la hora del día, su proximidad con la noche profunda, sino porque hacía ya algunos años que convivían en los pasillos y las alfombras, sin mayor atención o escenas compartidas.
"Problemas de mujeres", repetía Martín. Aunque la realidad era que había empezado a recibir llamados cada vez más sentidos de Soledad. Ya hablaba con propiedad, entendía de distancias y olvidos. Tenía ocho años de vida y siete de no ver a su padre biológico. A Martín. Claro que todo en su microcosmos era un problema de mujeres: Susana, Antonia, Soledad.
Antonia, de familia mexicana y de inocente niñez en el tristemente célebre municipio de Badiraguato de Sinaloa, en la noche de su despedida, subió al escenario del bar donde estaban bebiendo hasta los adioses, intentando perder la conciencia, y le cantó algo de Lila Downs:
Si te cuentan que me vieron muy borracha
orgullosamente diles que es por ti
porque yo tendré el valor de no negarlo
gritare que por tú amor
me estoy matando y sabrán que por
tus besos me perdí.
Para de hoy en adelante ya
el amor no me interesa,
cantare por todo el mundo mi dolor
y mi tristeza.
Porque sé que de este golpe ya no
voy a levantarme y aunque yo
no lo quisiera...
voy a morirme de amor.
Fue lo último; lo único que guarda de ella. Esta canción triste como beso antes de un encierro. Aún hoy, cada vez que se hace domingo, como aquel domingo, busca su copa de cristal verde que guarda como una foto vieja, la llena con vino tinto y se sienta en el balcón del cuarto de la pensión donde habita, a tararear la melodía de "...porque sé que de este golpe ya no voy a levantarme...".
Y volvió. A buscar los brotes de una planta que no recordaba desde semilla. A preguntarse y que le pregunten. A dibujar con los pies algún camino más cerca de su descendencia.
Desde que había regresado, su trabajo en el kiosco - "la chamba", como le había enseñado Antonia - era una manera de hacer tiempo mientras lo aceptaban nuevamente como profesor en la escuela y se hacía espacio para escribir. Todo se demoraba, absolutamente. La primavera, los brotes, el laburo, las ideas, las noches de escritura, las cartas con acento mexicano, la incomprensión de Susana, el abrazo de Soledad. El afecto se demoraba; el mozo, la mañana, el despertador y el café también lo hacían. Cada vez más cosas se demoraban. Sentía una peligrosa dosis de violencia para con lo que tenía que esperar. Había algo que destrabar, una especie de tapón vital que intentaba descifrar.
Esa mañana, camino al kiosco, se había cruzado con eso que todavía queda en las ciudades pequeñas, los pueblos, las comunidades de mirarse a los ojos: una camioneta anunciando el circo que se instalaba el fin de semana a la orilla del parque, en el descampado donde desde hace años se amagaba con que se construiría la escuela de música. Es que para la música no hay apuro, o con la música a otra parte, lo que es lo mismo. "El circo - pensó, el circo...". Hacía desde niño que no iba a un circo de barrio, itinerante, menos pretencioso. Esos de carros viejos, de artistas bien humanos. Esos de payasos, a menudo, insoportables.
Esa señal le dijo que era el momento para compartir algo de sus recuerdos de niñez con Soledad. Parar un poco de hamburguesas, de cine con posters y nachos, de películas repetidas una, diez, cien veces. "Bueno, vamos" dijo Soledad a su llamado telefónico.
Quedaron de verse el domingo a las 7. Una hora antes de la función. A Martín le quedaba aún un par de medias por estrenar, azules, de esas del colectivo. Era el momento. Arrancó temprano con los preparativos: comió tallarines, solo; con tuco y carne, con tinto y pan casero. Eran esos mediodías donde la península, la bota de sus ancestros, le cantaba tarantelas en la nuca. Disfrutaba los domingos al mediodía de quedarse solo, en especial cuando el sol reventaba. El sol amarillo y limpio ahuyenta los fantasmas del domingo, los ahorca. Se sentía fuerte cuando estaba solo y había sol: podía encontrar los monstruos de la soledad en los rincones, nada podía esconderse. Claro que navegaba en esa diafanía hasta la primera penumbra, donde todo se volvía en contra. Allí, a partir de ese momento, nada de televisión, nada de música. Libros y más libros y letras y páginas. Esconderse del tiempo pesado y plomizo de las noches del domingo. De la lengua viscosa de las últimas horas del feriado. Del vientre que escupe oscuras preocupaciones anticipadas de lunes en la mañana. Después de la pasta, se tendió en el sillón de la habitación a escuchar algo de Led Zeppelin - el doble "Remasters", que guardaba prolijamente entre algodones desde su último viaje, y un poco de Caracol, ese cantante de tangos que le raspaba el ánimo cuando quería gritar sentidamente el tango "Fuimos": no me sigas, ni me llames, ni me beses, ni me llores, ni me quieras más. Se duchó prolija, pacientemente. Dejaba la cabeza bajo el agua tibia, respiraba profundo, estiraba los dedos de los pies comprobando el borde rugoso y desgranado de la alfombra de goma. Era un buen domingo. Un domingo para ser superhéroe de Soledad.
Le quiso ganar tiempo a la tarde y decidió tomar un taxi. Quería disfrutar un poco más de la música y un par de mates de la tarde. Se vistió frente al espejo de la puerta del placard. Se investigó los intersticios, las uniones de las piernas con el torso, una mancha en la pantorrilla. Parecía estar todo en su lugar, más o menos fiel al mapa original de Martín. El jean, las zapatillas, la remera lisa, negra, recién sacada de la bolsa del lavadero. Los anteojos fieles como su respiración. La campera, liviana, por si acaso. Taxi, puerta, llaves, saludo al pasar al portero.
- Barrio Las Flores, por favor
- ¿Vamos por abajo?
- Por donde no aparezcan dragones. Es en Avenida Revolución al 800.
- Entonces déjeme activarle el escudo sónico - rió el taxista.
Soledad ya lo esperaba sentada en la puerta, de pantalón rojo y remera también. Con perfume a ganas de circo. Hola Pa. Hola Sol. Besos. Manos. Caminar juntos hablando de la escuela hasta llegar al parque para luego cruzar al circo.
- ¿Sabés qué Pa?
- Queloqué.
- Anoche soñé algo raro. Soñé que vos eras como un hombre con capa, gigante pero chiquito a la vez, que volaba buscando algo que no encontraba. Y volaba, volaba. No paraba. Estaba como triste.
- Tengo algo que no encuentro, hija. Es cierto. Me siento como un superhéroe con algo trabado en las ruedas. Ayudame.
- Bueno, pero dejame pensar cómo.
El circo era de esos de barrio, sin animales. Seis trailers estacionados a la derecha de la carpa, algunas docenas de estacas. Una carpa grande, alta. Era para los equilibristas y los trapecistas, estrellas de la noche. El "Cirque Les Fabuleux" había pasado el año anterior, haciendo furor con su show participativo. Subían a gente del lugar al escenario y los hacían bailar, saltar, desaparecer. Y ahora volvía con arriesgados procedimientos similares.
Segunda fila. Y pasaron los bailarines, los trapecistas y la moto de la muerte. El hombre misil. De nuevo los trapecistas pero esta vez con un niño, lanzándolo entre ellos como hierro caliente. Las bicicletas en llamas. Soledad brillaba, respiraba aceleradamente y brillaba.
Entonces fue que la luz se apagó completamente. Redoble, sordino redoble de tambor. Luz redonda y blanca en el escenario. Payaso de pantalón ancho multicolor. Mano en la frente como pantalla que amplía la búsqueda de la víctima. "Un voluntario", pensó Martín. "Un voluntario", gritó con voz de tero el payaso. Casi a la vez. "Un voluntario". Nadie que aparece y al payaso que manda a usar el método de selección compulsiva al operador de la luz. Y deben haber sido los lentes, porque estos condenados lentes brillan durante el día, en la noche, dentro del cine y en la segunda fila del circo. Si, también ahí brillaban. Y la luz sobre él. Y él desencajado. La gente que aplaude. Los pibes que gritan. Soledad que siente como orgullo y temor. Y el payaso que se acerca, lo toma del brazo, le calza una peluca amarilla y lo empuja al escenario.
La peluca amarilla no disimulaba ni mínimamente la vergüenza. Apenas la adornaba. Tenía una vergüenza con peluca.
El payaso lo miró fijamente, tomó un megáfono y dejó caer una simple instrucción: "El señor de la peluca amariiiillaaa, tiene que repetir lo que yo haga". Con voz de payaso, claro está. ", ¿Quieren que el señor de la peluca amarilla repita toooodooo lo que yo haaagaaaa?". Música fuerte, muy fuerte. El payaso bailaba frenéticamente. Tenía que imitarlo. Claro que sólo lograba un tercio de sus movimientos. Ahora saltaba en un pie. Ahora hacía la vertical. Hasta ahí, el payaso tenía el control. En un momento, anuncia a la gente: "y ahoooraaa, la moooto humanaaaa". Le indica a Martín que se agache y que lo cargue en la espalda, simulando una moto. Martín deja que suba a su espalda, da rápidamente algunos pasos mientras el payaso vociferaba frenéticamente "prrrrrrrr"; entonces se agacha lo que más puede y frena repentinamente. El payaso vuela por encima de Martín y da dos vueltas en el tablado del escenario. En la gente se genera un extraño silencio que torna rápidamente en risas descontroladas, nerviosas. El payaso tendido en el piso, desorientado, enojado.
Martín buscó con la vista y observó a lo lejos como Soledad reía a carcajadas. Vio, a prudente distancia, las comisuras de Soledad separarse, los hoyos de las mejillas dibujarse prolijamente. Detectó los ojos estirados y alegres de su hija. El canto de su risa, ese sonido que había escondido durante tanto tiempo. Observó brillar sus dientes apenas cambiados, su nariz que brillaba como un punto de encuentro. Fue feliz, tremenda e inexplicablemente feliz.
Fuera de sí, sin ocultar su fastidio, el payaso se acercó firmemente, lo tomó del hombro y, acercándose a su oído, le dijo:
- Flaco, acá el payaso soy yo.
- Puede ser, pero hoy yo soy el superhéroe.
El golpe salió de derecha a izquierda, de abajo hacia arriba, como una mula sin memoria, como pisotón de elefante borracho, como martillo gordo y final. El payaso intentó esquivarlo, pero fue apenas un temblor, una mueca. Recibió la mano de Martín entre la mandíbula y el pómulo izquierdo, sopló un generoso chorro de sangre, descontó un colmillo del inventario de sus viajes circenses y fue al piso como buscando un final para la caída. Internamente soñaba con eyectarse del golpe, ser gorrión, microbio, alimento para peces. Algo que no fuera estar ahí, en ese momento.
La gente conmocionada se paró en silencio, excepto algunos niños que aplaudían y uno, en particular uno de los corralitos de la primera fila, que se reía a los gritos, como endemoniado. El reflectorista alumbró al payaso en el piso, mientras Martín aprovechaba la penumbra para escurrirse lentamente por la escalera del escenario.
Revoleó la peluca amarilla a un costado, tomó de la mano a Soledad y salieron sin mucho ruido por la puerta principal.
- ¿Querés pochoclo?
- Si Pa.
Compró una bolsa grande de maíz y caminaron juntos un par de cuadras, sin hablar.
Cuando entraron a la zona iluminada de la Avenida, Soledad le pidió parar.
- Agachate.
- Que pasa - dijo Martín mientras se ponía a nivel del pedido.
- No está bien que le pegues a los payasos, y menos en el escenario.
- Pero hija...
- Los superhéroes no revientan payasos.
- ¿Ah no?
- No. Simplemente no abandonan a sus hijas.
Martín sintió un volcán en el pecho, un oso en la garganta. Salía de esta con aire o se dejaba morir instantáneamente, ahora. Era el momento.
- Perdón hija. No lo volveré a hacer.
Soledad lo besó en la frente, le tomó la mano. Nunca más, absolutamente, se la soltó.