Apenas las once y cincuenta y nueve de la noche en el departamento de Avenida Santa Fe. Humedad como para pegar las hojas de un libro sin mucho esfuerzo. Las manos nunca se sienten secas. Cero horas. Los sonidos de la noche empiezan a reverberar como en un sótano. Una gota tras otra gota tras otra gota así, en serie, sobre la chapa del aire acondicionado en la ventana de mi habitación.
Las manos sobre los tambores de una comparsa que despide el carnaval. Frenéticos con la despedida. Imagino el vapor de las bocas y la transpiración sobre los parches. Con aliento a tres días de carnaval, se oye a las gargantas de la murga raspando sus últimas cuerdas.
La intermitencia del motor de la heladera. Metrónomo antibacterial.
Un chispazo del encendido eléctrico de la cocina que falla hace días y que declaró su independencia. Sigo pensando que algún espectro intenta encenderla para que todo explote.
Otra gota sobre la chapa del aire y Avenida Santa Fe en la noche. Con su ruido de panza de colectivos y algunos autos de pié pesado. Y el pié pesado del colectivero y el chirrido de esos frenos que algunas manos no acomodaron bien.
El ruido blanco de lo nocturno. El ruido blanco de lo oscuro.
Mi pierna empujando una silla que frota el piso de madera. Unas sirenas botonas mezcladas con unas sirenas que curan. Un televisor del quinto piso con un discurso de película vieja que les entra por un oido y les revienta por el patio interno.
Ahora mi panza. Ahora el aire que entra por mi boca. Ahora el teclado y las uñas. Ahora otra gota. Ahora me rasco la cara y algo murmulla. Y murmulla la heladera. Y otro chispazo. Y mi murmullo cuando escribo. Ahora mis piernas taconeando en medias como ansioso. Ahora hago silencio. Excepto todo lo anterior.