"La Navidad es una mierda. No pienso ir a reuniones familiares," pensaba mientras subía al taxi. Mañana del veinticuatro de diciembre. Las calles reventaban.
Escucho en la radio: "...esta fiesta ya no es lo que solía ser, se ha vuelto una celebración comercial y la gente olvida la oportunidad de reconciliación y reflexión necesarias para el encuentro profundo y verdadero...".
El motor y la radio me llenan de impaciencia. Intervengo, molesto:
—¿Sabe usted que en China se quejan de la Navidad?
Mira de reojo. Continúo.
—En una época estuvo prohibido celebrarla, ahora dicen que es ajena a ellos.
Vuelve a mirarme, curioso.
—Cambia todo, ¿no? Es que allá son ateos.
—¿Ateos?
—Ateos o budistas.
—Ah, no conozco.
—Y, pasa. Somos un termo.
El tipo se incomoda. Suena mi teléfono. Dudo por un segundo, como si pudiera evitar lo inevitable. Respiro profundo y finalmente contesto.
—Hola Ana —mi hermana.
—Hola hermano, ¿Te venís a cenar esta noche?
En el mismo momento llego al lugar. No contesto. Corto la llamada.
—Estamos, señor.
Le pago, bajo y su saludo me deja con una sensación de culpa. En la puerta de la ferretería puedo ver un arbolito de Navidad con guirnaldas.
Entro a ese negocio que mis viejos atendían hace tiempo atrás. Ana está en el mostrador. "Le tengo que decir que voy a cenar solo" pienso.
—No me contestaste lo de esta noche —me dice.
—¡Sí! ¡Perdón! Vengo. Traigo un vino. Gracias por invitar...
Miro alrededor. Me miran los empleados. Señalo el cartel de buenos deseos en la vidriera.
—¿Sabían que en Corea del Sur les rompe soberanamente las bolas celebrar la Navidad?
En la noche abría abrazos que no eran chinos ni coreanos. Pero eran nuestros.